Una palabra que conviene rescatar
Soberanía es una palabra que en los últimos años se ha usado tanto y desde lugares tan distintos que casi ha perdido contorno. La invocan tradiciones políticas opuestas, discursos comerciales, programas electorales, escuelas de coaching. Conviene rescatarla. Porque la idea que nombra, la capacidad de gobernar la propia vida y de decidir colectivamente sobre el mundo común, es una de las pocas cosas que merecen seguir siendo defendidas en una época que las erosiona a la vez.
Quien escribe estas líneas trabaja con cuerpos, con sistemas nerviosos, con personas atrapadas en estados fisiológicos de los que el lenguaje del bienestar no logra sacarlas. Desde ahí se ve algo que la mayoría de los discursos políticos pasan por alto: la soberanía no empieza en las urnas, ni en las leyes, ni en los grandes movimientos sociales. Empieza mucho antes, en algo más íntimo y a la vez más expuesto. Empieza en la posibilidad de pensar, de habitar el propio cuerpo y de actuar junto a otros. Tres capacidades que hoy están bajo presión.
Este artículo se mueve en tres tiempos. Recuperar el juicio. Recuperar el gobierno de lo propio. Recuperar la capacidad de actuar juntos. Tres movimientos del mismo proceso, que se sostienen entre sí o caen juntos.
Primer movimiento: recuperar el juicio
Pensar con calma se ha convertido en una rareza. Las plataformas digitales no son herramientas neutras: están diseñadas para capturar la atención, fragmentarla y revenderla. Eso tiene un efecto que va más allá de lo personal. Una población que apenas puede sostener una idea durante más de unos segundos pierde la capacidad de juicio que cualquier vida política requiere.
El filósofo Byung-Chul Han (2022) ha llamado a este régimen infocracia. En sus palabras, el poder contemporáneo opera mediante la saturación, no mediante el silencio. La verdad queda sepultada por un exceso de información indistinguible. La disidencia se diluye al convertirse en una opinión más entre miles de opiniones intercambiables. La crítica deja de morder porque ya nadie tiene tiempo de leerla completa.
La socióloga Shoshana Zuboff (2019) describió otra cara del mismo fenómeno con el concepto de capitalismo de vigilancia. La economía digital extrae datos de comportamiento humano y los utiliza para predecir y modificar conductas. El usuario cree elegir cuando muchas veces está siendo orientado por sistemas que conocen sus debilidades neurobiológicas mejor que él. Recuperar el juicio, en este contexto, significa algo concreto: proteger la atención, sostener la complejidad, tolerar que una pregunta permanezca abierta más tiempo del que el ecosistema digital quiere conceder.
Una persona que no puede pensar despacio no puede ser ciudadana en sentido pleno. Puede votar, puede opinar, puede consumir información política. La capacidad de juicio que la democracia presupone vive más allá de esos actos.
Segundo movimiento: recuperar el gobierno de lo propio
Aquí el lenguaje político se vuelve insuficiente y conviene bajar al cuerpo. Una persona soberana es, antes que cualquier otra cosa, alguien capaz de regular su propio estado fisiológico. Alguien que distingue entre amenaza real y amenaza percibida. Alguien cuyo sistema nervioso no vive en alerta permanente.
El neurocientífico Stephen Porges (2011), con la teoría polivagal, ha mostrado que el sistema nervioso autónomo evalúa el entorno sin descanso y reorganiza la fisiología en función de si lo lee como seguro o peligroso. Un sistema nervioso atrapado en estado de amenaza pierde acceso a las funciones superiores: la reflexión, el matiz, la conexión auténtica con otros. La política, desde esa fisiología, se vuelve imposible. Solo queda la defensa.
El neuroendocrinólogo Bruce McEwen (1998) le puso nombre al coste acumulado de vivir así: carga alostática. Un organismo que mantiene activados durante años sistemas diseñados para funcionar durante horas se desgasta de formas medibles. La inflamación se cronifica. El sueño se rompe. La cognición se estrecha. La capacidad de tolerar ambigüedad cae. Cuando suficientes personas viven en ese estado a la vez, la sociedad pierde algo más que salud: pierde la base fisiológica desde la que se ejerce cualquier soberanía.
Recuperar el gobierno de lo propio empieza por algo que parece pequeño y que es político en un sentido profundo. Dormir lo suficiente. Habitar el propio cuerpo. Notar cuándo el sistema nervioso está saturado y respetar esa saturación, en lugar de empujarse a producir. Establecer límites con lo que entra por la pantalla. Cuidar las relaciones que regulan, alejarse de las que desregulan. Estas decisiones, vistas una a una, parecen privadas. Sumadas, son la condición de posibilidad de cualquier acto soberano más amplio.
Tercer movimiento: recuperar la capacidad de actuar juntos
La soberanía individual sin soberanía colectiva es un espejismo. Una persona puede regular su sistema nervioso, proteger su atención y cuidar su cuerpo, y aun así vivir en un mundo donde las decisiones que importan se toman lejos de ella, sin ella, contra ella. La capacidad de gobernarse a sí misma se sostiene cuando existe también la capacidad de gobernarse junto a otros.
La filósofa Hannah Arendt (1958) dedicó su obra a una idea exigente: la acción, entendida como la capacidad de iniciar algo nuevo junto a otras personas, es lo propiamente humano. No el trabajo, no el consumo, no la opinión. La acción concertada en un espacio público. Y esa acción depende de algo que las sociedades contemporáneas debilitan con eficacia: el espacio compartido donde las personas pueden hablar, escucharse, deliberar y actuar.
La filósofa Martha Nussbaum (2011) lo ha formulado desde otro ángulo igualmente útil. Su enfoque de las capacidades pregunta algo muy simple: ¿qué es cada persona realmente capaz de hacer y de ser? Identifica diez capacidades centrales que cualquier sociedad debería proteger, entre ellas el pensamiento, la imaginación, la afiliación con otros y el control sobre el propio entorno. Cuando una sociedad erosiona estas capacidades, sea por la vía económica, política o tecnológica, daña algo que va más allá del bienestar individual. Daña la base sobre la que se construye una vida humana plena.
Actuar juntos hoy resulta más difícil que en cualquier otro momento reciente. La atención está secuestrada. Los espacios públicos se han trasladado a plataformas privadas que diseñan deliberadamente el desacuerdo polarizado, porque la indignación retiene mejor que la deliberación. Los lazos que sostenían la acción colectiva (sindicatos, asociaciones vecinales, comunidades estables) se han debilitado. Y, en el fondo de todo, demasiadas personas viven demasiado agotadas para participar en algo que vaya más allá de la supervivencia diaria.
Reconstruir esa capacidad pide actos pequeños y obstinados. Volver a las conversaciones de más de cinco minutos. Sostener desacuerdos sin romper el vínculo. Encontrarse en cuerpo, en presencia, sin pantallas. Crear espacios donde la deliberación sea posible y, en consecuencia, lenta. Reconocer que la salud del otro no es un problema privado de ese otro, porque la regulación nerviosa es contagiosa, hacia arriba y hacia abajo.
Lo que une los tres movimientos
Los tres movimientos se sostienen entre sí. Pensar requiere un sistema nervioso suficientemente regulado para tolerar la incertidumbre. Gobernar el propio cuerpo requiere capacidad de juicio para reconocer qué nos desregula y qué nos cuida. Actuar juntos requiere personas que piensen y que se gobiernen, y a la vez ofrece el único marco donde esas dos primeras soberanías encuentran sentido pleno.
Por eso resulta corto el discurso que reduce la soberanía a una de sus tres dimensiones. Reducirla al juicio crítico produce intelectuales agotados sin cuerpo y sin comunidad. Reducirla al gobierno del cuerpo produce un bienestar privado que ignora las condiciones que enferman a la gente. Reducirla a la acción colectiva produce militantes desregulados que reproducen, dentro del grupo, las mismas violencias que pretenden combatir afuera.
La soberanía que merece ser defendida hoy es la que se sostiene en los tres planos al mismo tiempo. Funciona como condición previa a cualquier programa político, una condición que las sociedades contemporáneas erosionan precisamente porque su erosión vuelve a la población más manejable.
La pregunta que queda abierta
Quien lee este artículo puede preguntarse qué hacer en concreto. La respuesta honesta es que no existe un manual. Cada uno de los tres movimientos pide trabajo paciente, y el conjunto pide algo más exigente: sostenerlos a la vez, sin reducir uno al servicio de los otros.
Lo que sí puede decirse, con claridad, es lo que la soberanía no es. La soberanía verdadera nada tiene que ver con el aislamiento de quien se ha desconectado del mundo para protegerse. Sigue mucho menos parecida al ruido de quien grita más fuerte que los demás. La soberanía es la capacidad serena de pensar, habitar el propio cuerpo y actuar con otros en un mundo que dificulta las tres cosas. Recuperarla, en cada uno de los tres planos, es probablemente el acto político más importante que hoy queda al alcance de cualquier persona.
Fuentes y referencias
Arendt, H. (1958). The Human Condition. University of Chicago Press. Filósofa política, una de las pensadoras más influyentes del siglo XX.
Han, B. -C. (2022). Infokratie: Digitalisierung und die Krise der Demokratie. Matthes & Seitz. Filósofo, profesor de la Universidad de las Artes de Berlín.
McEwen, B. S. (1998). Protective and damaging effects of stress mediators. New England Journal of Medicine, 338(3), 171-179. Neuroendocrinólogo, investigador de la fisiología del estrés.
Nussbaum, M. C. (2011). Creating Capabilities: The Human Development Approach. The Belknap Press of Harvard University Press. Filósofa, profesora de la Universidad de Chicago.
Porges, S. W. (2011). The Polyvagal Theory: Neurophysiological Foundations of Emotions, Attachment, Communication, and Self-Regulation. W. W. Norton. Neurocientífico.
Zuboff, S. (2019). The Age of Surveillance Capitalism: The Fight for a Human Future at the New Frontier of Power. PublicAffairs. Socióloga, profesora emérita de Harvard Business School.