El trauma y las mitocondrias: cuando la supervivencia se convierte en biología

La herida no siempre está donde creemos

Cuando pensamos en trauma solemos imaginar recuerdos dolorosos, emociones intensas o acontecimientos difíciles del pasado. Durante mucho tiempo la psicología se centró casi exclusivamente en esa dimensión narrativa: lo que ocurrió, cómo se vivió y cómo se recuerda.

La investigación de las últimas décadas ha empezado a mostrar algo más profundo. El trauma funciona como un estado biológico, además de como un recuerdo. Y cuando ese estado se prolonga durante meses o años, deja de ser una reacción temporal y se convierte en una reorganización de todo el organismo.

La herida es también lo que el cuerpo tuvo que seguir siendo después de que el acontecimiento terminara. El sistema nervioso registra condiciones de supervivencia. Cuando la supervivencia se vuelve la norma, cada sistema biológico se adapta a ese coste. Incluso las estructuras más pequeñas de nuestras células. Incluso las mitocondrias.

Las mitocondrias hacen mucho más que producir energía

Durante años se enseñó que las mitocondrias eran simplemente las centrales energéticas de la célula. La imagen era sencilla: las mitocondrias producen ATP, la molécula que proporciona energía para que el organismo funcione. Esa visión resulta hoy extraordinariamente incompleta.

Las mitocondrias participan en la regulación de la inflamación, la inmunidad, el metabolismo, la respuesta al estrés, la muerte celular programada, la plasticidad neuronal y la comunicación entre sistemas biológicos. Funcionan como sensores extremadamente sofisticados del entorno interno.

Escuchan constantemente lo que ocurre en el organismo. Escuchan hormonas. Escuchan neurotransmisores. Escuchan señales inflamatorias. Escuchan estados fisiológicos. Y adaptan su funcionamiento a aquello que el cuerpo considera necesario para sobrevivir. Por eso las mitocondrias ocupan una posición privilegiada para registrar el impacto acumulativo del estrés crónico y del trauma.

El cuerpo aprende estados de supervivencia

Cuando una amenaza aparece, el sistema nervioso activa una cascada de respuestas diseñadas para proteger la vida. Aumentan la adrenalina y el cortisol. Se modifican los patrones respiratorios. Se altera el flujo sanguíneo. Se redistribuye la energía. La digestión se ralentiza. La vigilancia aumenta. Todo el organismo se reorganiza alrededor de una prioridad fundamental: sobrevivir.

Este mecanismo resulta extraordinariamente eficaz cuando la amenaza es temporal. El problema aparece cuando el peligro desaparece y el cuerpo continúa funcionando como si siguiera presente. Entonces el estado de supervivencia se convierte en una identidad biológica.

El neurocientífico Bruce McEwen (1998) describió este fenómeno mediante el concepto de carga alostática. Cada adaptación tiene un coste. Y cuando el organismo mantiene activados durante años sistemas diseñados para funcionar durante horas, el precio biológico empieza a acumularse.

Cómo el estrés crónico llega hasta las mitocondrias

El cerebro almacena el trauma como memoria y también lo transmite como estado. Cada día. Cada hora. Cada minuto. A través del sistema nervioso autónomo. A través de hormonas como el cortisol. A través de neurotransmisores. A través de señales inflamatorias.

Las células reciben sin descanso estos mensajes, y las mitocondrias deben responder a ellos. Si el cerebro interpreta que el mundo es peligroso, las células tienen que sostener una demanda energética diferente. Más vigilancia. Más movilización. Más reparación. Más recursos destinados a sobrevivir.

Con el tiempo, esa demanda modifica profundamente el funcionamiento mitocondrial. El psicobiólogo Martin Picard (2018), de la Universidad de Columbia, ha desarrollado junto a McEwen el concepto de carga alostática mitocondrial: la idea de que el estrés psicológico crónico se traduce en cambios estructurales y funcionales medibles dentro de las mitocondrias. No porque las mitocondrias guarden recuerdos traumáticos. Porque adaptan su estructura y su comportamiento a las exigencias repetidas del entorno interno.

Cuando la forma cambia, cambia la función

Uno de los descubrimientos más fascinantes de la biología celular moderna es que las mitocondrias no son estructuras rígidas. Cambian constantemente de forma. Se fusionan. Se dividen. Se reorganizan. Modifican su arquitectura interna según las necesidades metabólicas de la célula.

Dentro de cada mitocondria existe una compleja red de pliegues, las crestas mitocondriales o cristae. Estos pliegues permiten organizar los procesos que convierten oxígeno y nutrientes en energía utilizable. Funcionan como estructuras fundamentales para la eficiencia energética, con un papel mucho mayor que el de simple detalle anatómico.

Investigaciones del laboratorio de Martin Picard, formado con Douglas Wallace en el centro de medicina mitocondrial de la Universidad de Pensilvania, han mostrado que el estrés prolongado puede alterar la organización de estas estructuras. Cuando la arquitectura interna pierde eficiencia, la célula necesita más recursos para producir la misma cantidad de energía. El organismo trabaja más para obtener menos.

Cuando el trauma vuelve en forma de fatiga

Muchas personas esperan que el trauma reaparezca como recuerdos. A veces regresa como agotamiento. Como niebla mental. Como sensación persistente de cansancio. Como dificultad para recuperarse después de esfuerzos que antes eran normales. Como despertares sin descanso. Como una sensación difícil de explicar de haber envejecido demasiado rápido.

La investigación emergente sobre psicobiología y metabolismo sugiere que parte de estas experiencias pueden relacionarse con adaptaciones fisiológicas acumuladas durante años de activación crónica. El acontecimiento puede haber terminado, y la adaptación puede seguir funcionando. El sistema nervioso puede seguir enviando señales de amenaza. Y las mitocondrias pueden seguir organizando su funcionamiento alrededor de esas señales.

Inflamación, energía y percepción

La relación entre trauma y mitocondrias afecta a la energía física y también a la percepción. La inflamación altera la función cerebral. Modifica neurotransmisores. Afecta el estado de ánimo. Influye en la motivación. Reduce la flexibilidad cognitiva. Incrementa la sensibilidad al estrés.

El psiquiatra Charles Raison ha mostrado cómo los procesos inflamatorios pueden contribuir a síntomas depresivos, fatiga persistente y dificultades cognitivas. La experiencia subjetiva del mundo también se ve afectada por estas adaptaciones biológicas. Una persona agotada piensa diferente, percibe diferente, interpreta diferente, siente diferente.

Adaptación, no memoria celular

Conviene evitar simplificaciones. La evidencia científica actual no respalda la idea de que las mitocondrias almacenen recuerdos traumáticos. El trauma queda guardado en ellas como un archivo oculto solo en el lenguaje metafórico, no en la biología real.

Lo que ocurre es algo más complejo. La repetición de estados fisiológicos genera adaptaciones fisiológicas. La repetición de señales genera reorganización biológica. La repetición de demandas modifica sistemas completos. Esto es adaptación. Y una adaptación sostenida durante años puede acabar pareciendo permanente.

La biología también puede reorganizarse

La misma plasticidad que permitió al organismo adaptarse al estrés es la que permite recuperarse. Las mitocondrias son extraordinariamente dinámicas. Responden a los cambios en el entorno interno. Responden al sueño. Al ejercicio físico. A la regulación emocional. A la reducción del estrés. A la calidad de las relaciones. A la seguridad fisiológica.

Cuando el sistema nervioso deja poco a poco de enviar señales constantes de amenaza, las células empiezan a recibir mensajes diferentes. Y la biología puede reorganizarse alrededor de nuevas condiciones. La recuperación incluye recordar lo ocurrido y también ofrecer al cuerpo suficientes experiencias repetidas de seguridad para que deje de invertir todos sus recursos en sobrevivir.

La verdadera cicatriz del trauma

Quizá una de las ideas más importantes que emerge de esta nueva comprensión es esta: el trauma se define por lo que ocurrió y también por las adaptaciones que el organismo tuvo que desarrollar para seguir adelante.

La verdadera cicatriz vive a veces en el estado fisiológico que se volvió normal, más que en el recuerdo. En el cansancio que parece parte de la personalidad. En la hipervigilancia que parece prudencia. En la tensión que parece identidad.

Comprenderlo transforma nuestra mirada sobre la sanación. El trabajo deja de centrarse únicamente en cambiar pensamientos o reinterpretar el pasado y empieza a tratarse de restaurar capacidad. Capacidad de descansar. Capacidad de recuperarse. Capacidad de sentirse seguro. Capacidad de vivir sin que cada célula del organismo siga preparándose para una amenaza que ya terminó.

La verdadera recuperación llega cuando el cuerpo deja de organizarse alrededor de la supervivencia y vuelve, poco a poco, a organizarse alrededor de la vida.

Fuentes y referencias

McEwen, B. S. (1998). Protective and damaging effects of stress mediators. New England Journal of Medicine, 338(3), 171-179. Neurocientífico, investigador de la fisiología del estrés.

Picard, M. (2018). Mitochondrial psychobiology: Foundations and applications. Current Opinion in Behavioral Sciences, 28, 142-151. Psicobiólogo, profesor de medicina conductual en psiquiatría y neurología, Universidad de Columbia.

Picard, M. & McEwen, B. S. (2018). Psychological stress and mitochondria: A systematic review. Psychosomatic Medicine, 80(2), 141-153.

Porges, S. W. (2011). The Polyvagal Theory: Neurophysiological Foundations of Emotions, Attachment, Communication, and Self-Regulation. W. W. Norton. Neurocientífico.

Raison, C. L. & Miller, A. H. (2017). Pathogen-host defense in the evolution of depression: Insights into the concept of psychiatric disorders. JAMA Psychiatry. Psiquiatra, investigador de la conexión entre inflamación y depresión.

Van der Kolk, B. (2014). The Body Keeps the Score: Brain, Mind, and Body in the Healing of Trauma. Viking. Psiquiatra, investigador del trauma.

Wallace, D. C. (2013). A mitochondrial bioenergetic etiology of disease. Journal of Clinical Investigation, 123(4), 1405-1412. Genetista, referente de la biología mitocondrial.

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