El silencio que no todos pueden sostener

Meditación, rendimiento y los límites fisiológicos de una práctica importada

Una mujer explica en consulta que lleva ocho meses meditando veinte minutos cada mañana y que se siente peor. Ha aumentado el tiempo, ha probado otra aplicación, ha reservado un retiro de fin de semana. Nadie le advirtió de que la quietud puede abrir cosas. Nadie le preguntó qué llevaba dentro antes de pedirle que cerrara los ojos.

Este artículo trata de esa pregunta que faltó.

Lo que se quedó en la aduana

La meditación llegó a Occidente con un equipaje muy ligero. Entró como técnica, separada del marco ético, de la comunidad de práctica, del maestro que observaba al alumno durante años y de la cosmovisión que le daba sentido. En el budismo la práctica formal se apoya en una estructura de tres partes: conducta ética, concentración y comprensión. Occidente importó la segunda y dejó las otras dos en la frontera.

El resultado fue una técnica portátil, medible, apta para el ensayo clínico y para la aplicación móvil. También una técnica sin contexto: sin nadie que acompañe lo que aparece, sin comunidad que sostenga la crisis, sin criterio para distinguir el malestar que forma parte del proceso del que indica que conviene parar.

Purser (2019) llamó a este fenómeno McMindfulness, y su crítica apunta a algo preciso: una práctica que en origen interrogaba las condiciones del sufrimiento terminó funcionando como herramienta para tolerarlas mejor.

El yo que vuelve por la puerta de atrás

El budismo sostiene anatta, la ausencia de un yo sustancial y permanente. La práctica apunta a observar la construcción del yo en tiempo real, a ver cómo se ensambla momento a momento con sensaciones, percepciones y hábitos mentales.

La versión occidental invirtió la dirección del movimiento. Hoy se medita para conocerse de verdad, para encontrar la propia esencia, para descubrir quién se es realmente. La práctica de soltar el yo se convirtió en un proyecto de consolidarlo.

Esa inversión responde a la estructura psíquica del sujeto contemporáneo, que necesita un yo definido, optimizable y presentable.

La calma como rendimiento

Han (2010) describe al sujeto de rendimiento como alguien que ya no obedece a un amo externo porque se ha convertido en su propio capataz. Se explota a sí mismo con entusiasmo y llama libertad a esa explotación.

La meditación encaja en ese esquema con una facilidad inquietante. Se mide en rachas de días consecutivos, se cuantifica en minutos acumulados, se compara con el promedio de otros usuarios y se integra en el programa de bienestar de la misma empresa que produjo el agotamiento. El trabajador aprende a regular su sistema nervioso para tolerar unas condiciones que permanecen intactas.

Ahí la práctica cambia de función: hace soportable aquello que antes ponía en cuestión.

El coste fisiológico

Cerrar los ojos, permanecer inmóvil y dirigir la atención hacia dentro son tres instrucciones que exigen algo previo: un sistema nervioso con margen de seguridad.

Porges (2011) describe la neurocepción, el proceso continuo y automático por el que el organismo evalúa si el entorno es seguro antes de cualquier decisión consciente. Cuando la neurocepción señala peligro, la inmovilidad activa defensas antiguas.

En una persona con historia traumática la quietud puede funcionar como señal de amenaza. El cuerpo aprendió que quedarse quieto precedía a algo. Y la atención dirigida a las sensaciones internas puede abrir de golpe lo que el sistema mantenía contenido con enorme esfuerzo. Van der Kolk (2014) lo formula con claridad clínica: la interocepción es la vía de recuperación y también la vía de la inundación, según el estado del sistema en ese momento.

Lo que dicen los datos

La investigación sobre efectos adversos existe, y es bastante más sólida de lo que su ausencia en el discurso público permite suponer.

Britton y colaboradores (2021) evaluaron de forma sistemática a participantes de programas basados en mindfulness. El 83% informó de al menos una experiencia relacionada con la meditación, el 58% describió experiencias de valencia negativa y el 37% informó de un impacto negativo en su funcionamiento. Los autores señalan además un dato metodológico decisivo: las preguntas abiertas subestiman la prevalencia en cerca de un 70%, lo que explica por qué tantos estudios encuentran cifras bajas.

Goldberg, Lam, Britton y Davidson (2021) trabajaron con una muestra poblacional en Estados Unidos y encontraron deterioro funcional atribuido a la práctica en el 7,1% de los participantes, moderado en el 2,3% y grave en el 0,2%.

Estas cifras describen una práctica con efectos reales, y toda práctica con efectos reales tiene contraindicaciones. Britton (2019) lo plantea como una cuestión de dosis y de ajuste: la pregunta útil es qué práctica, para quién, en qué cantidad y en qué momento.

Practicar con criterio propio

Nada de esto invalida la meditación. Lo que propongo es devolverle las tres cosas que perdió al cruzar la frontera.

La primera es la gradación. Un sistema nervioso sin margen empieza por prácticas con anclaje sensorial: ojos abiertos, orientación al espacio, contacto con el suelo, movimiento lento, atención a los límites del cuerpo. El silencio interior llega después, cuando el organismo dispone de la seguridad necesaria para sostenerlo.

La segunda es el acompañamiento. La práctica solitaria frente a una aplicación deja a la persona sin nadie que reconozca lo que aparece. Alguien con formación tiene que estar disponible.

La tercera es la dimensión colectiva. La calma individual encuentra su límite cuando el malestar procede de condiciones compartidas: jornadas imposibles, vivienda inalcanzable, precariedad sostenida. Regular el propio sistema nervioso da margen para actuar sobre esas condiciones, y ese margen se aprovecha o se desperdicia.

Ahí está, para mí, la práctica con soberanía: usar la calma que se obtiene para ver con más claridad lo que ocurre alrededor, y decidir desde ahí.

Fuentes y referencias

Britton, W. B. (2019). Can mindfulness be too much of a good thing? The value of a middle way. Current Opinion in Psychology, 28, 159-165. Willoughby Britton es profesora asociada de Psiquiatría y Comportamiento Humano en la Warren Alpert Medical School de la Brown University y dirige el Clinical and Affective Neuroscience Laboratory.

Britton, W. B., Lindahl, J. R., Cooper, D. J., Canby, N. K. y Palitsky, R. (2021). Defining and Measuring Meditation-Related Adverse Effects in Mindfulness-Based Programs. Clinical Psychological Science, 9(6), 1185-1204.

Goldberg, S. B., Lam, S. U., Britton, W. B. y Davidson, R. J. (2021). Prevalence of meditation-related adverse effects in a population-based sample in the United States. Psychotherapy Research, 32(3), 291-305. Richard J. Davidson dirige el Center for Healthy Minds de la University of Wisconsin-Madison.

Han, B.-C. (2010). La sociedad del cansancio. Herder. Byung-Chul Han es filósofo y ensayista, profesor en la Universidad de las Artes de Berlín.

Porges, S. W. (2011). The Polyvagal Theory: Neurophysiological Foundations of Emotions, Attachment, Communication, and Self-Regulation. Norton. Stephen Porges es profesor de Psiquiatría en la University of North Carolina at Chapel Hill.

Purser, R. (2019). McMindfulness: How Mindfulness Became the New Capitalist Spirituality. Repeater Books. Ronald Purser es profesor de Management en la San Francisco State University y maestro budista ordenado.

Van der Kolk, B. (2014). The Body Keeps the Score: Brain, Mind, and Body in the Healing of Trauma. Viking. Bessel van der Kolk es psiquiatra y profesor en la Boston University School of Medicine.

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