La enantiodromía bloqueada: cómo la sociedad actual te empuja sistemáticamente al extremo

De la oscilación natural a la captura forzada

La psique humana, cuando se la deja funcionar, oscila. Se mueve entre opuestos buscando integración. Cuando un polo se ha sostenido demasiado tiempo, el inconsciente empieza a generar la fuerza contraria, y eventualmente algo se reorganiza. Ese movimiento, lento, a veces doloroso, profundamente correctivo, fue lo que Jung (1951) llamó enantiodromía.

Lo que está ocurriendo en la sociedad actual interrumpe ese proceso.

El sistema en el que vives, y por sistema entiendo el conjunto formado por el algoritmo, la economía de la atención, el mercado del rendimiento, el discurso político polarizado y los medios que viven del conflicto, no premia la integración. Premia la captura en un extremo. La psique colectiva ya no oscila: queda atrapada. El péndulo no completa su recorrido hacia la totalidad porque hay una fuerza activa que lo retiene en uno de los polos.

Eso produce, a escala social, los mismos síntomas que produce en el individuo cuando una identidad se vuelve demasiado rígida: agotamiento, fragmentación, pérdida de coherencia, crisis existencial. La diferencia es que ahora ocurre a millones de personas simultáneamente, y la maquinaria que lo produce está diseñada para que ocurra.

La máquina del antagonismo

El algoritmo, el mercado y el discurso público operan bajo una misma lógica: la polarización retiene mejor que el matiz.

Un contenido extremo activa emoción rápida, genera permanencia, produce reacción. Un contenido matizado pide tiempo, atención y disposición a la complejidad. Desde el punto de vista del sistema, lo segundo es ineficiente. Shoshana Zuboff (2019) lo describió con precisión: lo que se monetiza no es lo que piensas, es el comportamiento que generas. Y el comportamiento más rentable nace de la activación, no de la reflexión.

Lo mismo ocurre en el mercado del rendimiento. Una identidad clara, simple, optimizable, productiva, se vende mejor que una persona compleja, atravesada por contradicciones, en proceso. Byung-Chul Han (2010) ha mostrado cómo la sociedad del rendimiento te empuja a convertirte en empresario de ti misma, donde tu valor depende de tu capacidad de ser una marca coherente, un polo, una posición.

Y lo mismo ocurre en el discurso político y mediático contemporáneo. El conflicto vende. La identidad tribal moviliza. La izquierda y la derecha, el norte y el sur, lo tradicional y lo progresista, lo masculino y lo femenino, se presentan ya como bandos enfrentados antes que como tensiones humanas reales que necesitan ser pensadas juntas. Mark Fisher (2009) hablaba del realismo capitalista como la sensación de que ya no podemos imaginar alternativas al sistema. Una versión más actual de esa idea: ya no podemos imaginar identidades que no estén alineadas con un bando.

Estas tres maquinarias, algoritmo, mercado, discurso, operan juntas. No hay un único agente que empuje al antagonismo. Hay una arquitectura completa diseñada para que la integración resulte costosa y la polarización resulte rentable.

La identidad como producto: por qué te empujan a un extremo

Cuanto más rígidamente te identificas con un polo, más predecible eres. Cuanto más predecible eres, más fácil resultas de modelar, de movilizar, de monetizar.

Esto opera en todas las capas. En lo político, si te identificas totalmente con un bando, votas previsiblemente, consumes medios previsiblemente, reaccionas previsiblemente. En lo económico, si te identificas totalmente con el rendimiento o con el bienestar, con la productividad o con la espiritualidad, consumes los productos correspondientes y desechas los del polo contrario. En lo relacional, si te identificas totalmente con la autonomía radical o con la fusión, con lo masculino o con lo femenino entendidos como esencias enfrentadas, repites patrones que generan más contenido, más conflicto, más consumo.

La integración, en cambio, te vuelve impredecible. Una persona que sostiene su fuerza y su vulnerabilidad, su disciplina y su descanso, su razón y su emoción, no es fácil de capturar. No encaja en una caja. No se moviliza con un eslogan. Esa persona resulta, desde el punto de vista del sistema, comercialmente inútil.

Por eso el empuje hacia el extremo es sistemático. Funciona como infraestructura.

Los falsos opuestos contemporáneos

Una parte importante del problema es que las polaridades reales han sido convertidas en bandos.

Productividad y descanso son una tensión humana real que cada cuerpo necesita integrar. La sociedad actual los convierte en identidades enfrentadas: la cultura del hustle contra la cultura del soft life. Como si pertenecieras a una tribu o a la otra.

Racionalidad y espiritualidad son dos formas legítimas de conocimiento que se enriquecen mutuamente. El discurso contemporáneo las convierte en bandos: el escepticismo militante contra el pensamiento mágico, la ciencia contra lo holístico. Como si tuvieras que firmar en una de las dos columnas.

Autonomía y vínculo son dos necesidades humanas básicas que toda persona equilibrada sostiene a la vez. El relato actual las convierte en estilos de vida opuestos: independencia radical contra dependencia romántica, individualismo contra comunidad.

Masculino y femenino, entendidos como polaridades simbólicas que toda persona contiene, han sido convertidos en una guerra cultural permanente.

Izquierda y derecha, que durante mucho tiempo fueron formas legítimas de sostener tensiones políticas reales, redistribución y libertad, comunidad e individuo, se han convertido en identidades tribales casi religiosas.

Cuerpo y mente, que la mejor neurociencia y la mejor clínica intentan reintegrar, siguen siendo presentados como territorios separados con sus propias industrias enfrentadas.

En todos los casos, la operación es la misma: tomar una polaridad real, separarla artificialmente, asignarle bandos, y rentabilizar el conflicto que se genera entre ellos.

El cuerpo en una sociedad polarizada

Vivir en activación antagonista permanente tiene un coste fisiológico que casi nunca se nombra.

El sistema nervioso humano no está diseñado para sostener hipervigilancia continua. La teoría polivagal de Stephen Porges (2011) describe cómo la activación simpática prolongada, ese estado de alerta, conflicto y reactividad que el entorno actual produce sin tregua, termina llevando al organismo a un colapso dorsal vagal: desconexión, apatía, fatiga profunda, embotamiento emocional, sensación de vacío.

Una sociedad polarizada produce cuerpos atrapados entre dos estados igualmente disfuncionales. O en activación constante, defendiendo posiciones, reaccionando a estímulos, en alerta permanente. O en desconexión defensiva, agotamiento, retirada del mundo. Bessel van der Kolk (2014) lo formuló en términos clínicos al describir cómo el trauma sistémico se inscribe en el cuerpo: el organismo guarda lo que la mente ya no puede procesar.

Lo que parece debate público es, fisiológicamente, una activación crónica del sistema nervioso a escala masiva. Lo que parece desinterés o cinismo es, muchas veces, la respuesta dorsal vagal de millones de cuerpos que ya no pueden sostener más activación.

Y aquí aparece algo crucial: una persona desregulada no puede sostener complejidad. Cuando tu sistema nervioso está saturado, tu corteza prefrontal está menos disponible, y tu capacidad de mantener matiz, contradicción, ambivalencia, disminuye. Por eso la polarización se autoalimenta. El sistema te desregula, y una vez desregulada, solo puedes funcionar en blanco y negro.

La enantiodromía bloqueada

En condiciones normales, el movimiento de enantiodromía es correctivo. Una cultura que se ha empujado demasiado hacia el rendimiento empieza, eventualmente, a generar movimientos que reivindican el descanso, la vulnerabilidad, la lentitud. Una sociedad que se ha empujado demasiado hacia la racionalidad empieza a generar interés por lo simbólico, lo corporal, lo espiritual. Ese movimiento sería sanador si pudiera completarse.

El problema actual es que no se completa. Cada movimiento compensatorio es capturado y convertido en un nuevo polo de mercado.

El descanso se convierte en una identidad de consumo, con sus productos y su estética. La espiritualidad se convierte en industria. La crítica al rendimiento se convierte en otra marca personal. La autenticidad se convierte en performance. La vulnerabilidad se convierte en contenido. Cada intento de la psique colectiva de buscar equilibrio es interceptado, vaciado y revendido como nuevo extremo.

Esto produce un efecto particularmente cruel: los síntomas se cronifican en lugar de transformarse. El agotamiento no lleva a una reorganización profunda, lleva a comprar una cura. La ansiedad no abre preguntas existenciales, abre un mercado. La crisis no inicia un proceso de individuación, inicia un ciclo de consumo terapéutico. La psique colectiva intenta moverse hacia la totalidad y el sistema la devuelve, una y otra vez, a la polaridad rentable.

La integración como acto de resistencia

En este contexto, sostener complejidad interna deja de ser una opción privada. Se vuelve, sin que tengas que militarlo, un acto político.

Una persona que sostiene su fuerza y su fragilidad, su disciplina y su descanso, su pensamiento crítico y su apertura, su autonomía y su capacidad de vínculo, su pertenencia cultural y su mirada crítica sobre ella, es una persona que el sistema no puede modelar fácilmente. No porque se haya colocado fuera del sistema. Eso es imposible. Sino porque ha recuperado, dentro de él, su capacidad de oscilar internamente.

Esa persona puede consumir contenido sin ser consumida por él. Puede tener una posición política sin convertirse en su caricatura. Puede usar la app sin que la app la use. Puede trabajar con intensidad sin construir su identidad alrededor del rendimiento. Puede descansar sin convertir el descanso en otra forma de productividad disfrazada.

La coherencia interna funciona aquí como una forma de soberanía. No es retirarse del mundo. Es habitarlo sin que su lógica te organice por dentro.

Recuperar la capacidad de habitar la tensión

La pregunta verdadera no es de qué lado estás. La pregunta verdadera es si todavía conservas la capacidad psíquica de habitar tensiones sin colapsar en uno de los dos polos.

Esa capacidad se está erosionando a escala masiva, y se está erosionando deliberadamente, porque su erosión es rentable. Cada vez que reaccionas en automático, cada vez que te identificas totalmente con una posición, cada vez que necesitas que el otro esté equivocado para que tú existas, algo en ti se vuelve más capturable y algo en el sistema gana.

Recuperar esa capacidad no es un proyecto político en sentido convencional. Es un trabajo de reorganización interna que tiene consecuencias políticas. Pasa por regular el sistema nervioso, por escuchar el cuerpo antes de que grite, por sostener la incomodidad de pensar contra uno mismo, por aceptar que la madurez psicológica implica vivir con contradicciones que no se resuelven, por dejar de buscar la identidad perfecta y empezar a buscar la totalidad real.

La enantiodromía, como movimiento natural de la psique, sigue intentando ocurrir. Sigue empujando a la sociedad y a cada cuerpo hacia la integración. Lo que ha cambiado es que ahora hay que defender activamente ese movimiento contra una maquinaria diseñada para impedirlo.

El objetivo profundo de la psique nunca fue ganarle al sistema. Fue volverse, ella misma, indivisible.

Fuentes y referencias

Jung, C. G. (1951). Aion: Researches into the Phenomenology of the Self. Princeton University Press. Psiquiatra, fundador de la psicología analítica.

Jung, C. G. (1957). The Undiscovered Self. Routledge.

Porges, S. W. (2011). The Polyvagal Theory: Neurophysiological Foundations of Emotions, Attachment, Communication, and Self-Regulation. W. W. Norton. PhD, neurocientífico, Universidad de Indiana.

van der Kolk, B. (2014). The Body Keeps the Score: Brain, Mind, and Body in the Healing of Trauma. Viking. MD psiquiatra, profesor de psiquiatría, Boston University School of Medicine.

Zuboff, S. (2019). The Age of Surveillance Capitalism. PublicAffairs. PhD, profesora emérita de Harvard Business School, socióloga.

Han, B-C. (2010). Müdigkeitsgesellschaft (La sociedad del cansancio). Matthes & Seitz. PhD en filosofía, profesor de la Universidad de las Artes de Berlín.

Han, B-C. (2017). Psicopolítica: Neoliberalismo y nuevas técnicas de poder. Herder.

Fisher, M. (2009). Capitalist Realism: Is There No Alternative?. Zero Books. PhD, teórico cultural, profesor de Goldsmiths, University of London.

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