Cuando la industria del bienestar se vuelve tóxica

Cómo el cuidado de ti mismo se convirtió en una fuente más de estrés y por qué tu cuerpo necesita mucho menos de lo que te venden

Valérie-Anne O’Callaghan

Estar sano nunca pareció tan complicado

Si escuchas lo que circula en redes sociales, para estar sano tendrías que levantarte a las cinco de la mañana, seguir una rutina de doce pasos antes del desayuno, aplicarte cuatro sérums, ponerte bajo una lámpara de luz roja, tomarte un puñado de suplementos, hacer pilates, meditar, escribir en un diario, contar pasos, medir calorías y registrar la calidad de tu sueño. Todo eso antes de las nueve.

Y cada voz que encuentras afirma lo suyo con una seguridad absoluta y sin ningún matiz. El azúcar es el enemigo, no, es la grasa. Hay que hacer 10.000 pasos al día. Hay que eliminar los lácteos. Hay que hacer ayuno intermitente. A partir de los cuarenta, deja el yoga y métete en la sala de pesas porque tus músculos se están derritiendo.

El miedo. Siempre el miedo.

Te venden gadgets, métodos, objetos caros, rutinas interminables. Te bombardean con mandatos contradictorios. Te empujan a consumir en lugar de vivir. Y te dejan con una sensación muy concreta: si no haces todo eso, acabarás mal. El mensaje de fondo no ha cambiado. Sigue siendo el mismo. No eres suficiente.

Lo que le ocurre a tu sistema nervioso con todo esto

El Dr. Bruce McEwen, neuroendocrinólogo de la Universidad Rockefeller, documentó que el estrés no necesita venir de una amenaza real para producir daño. Basta con que tu sistema nervioso interprete que algo necesita ser resuelto de forma urgente y sostenida para que se active la cascada de cortisol, la tensión muscular crónica y la erosión de la capacidad de regulación.

Eso es exactamente lo que produce la industria del bienestar cuando funciona como sistema de mandatos. Cada nueva recomendación que no cumples se registra como una tarea pendiente. Cada protocolo que no sigues se convierte en una pequeña señal de que estás haciendo algo mal. Cada tendencia nueva invalida la anterior y te deja con la sensación de que vas siempre un paso por detrás.

Tu sistema nervioso no distingue entre estrés por una amenaza real y estrés por una lista interminable de cosas que supuestamente deberías hacer para estar bien. Lo procesa igual. Y el resultado es el opuesto exacto de lo que se supone que ese cuidado debería producir.

El cuerpo como proyecto en lugar de como lugar

El problema más profundo no es la cantidad de información contradictoria. Es lo que esa dinámica hace con tu relación con tu propio cuerpo.

Cuando el bienestar se convierte en un sistema de control, tu cuerpo deja de ser un lugar donde habitas. Se convierte en un proyecto que gestionar. Algo que hay que optimizar, corregir, reparar, mejorar constantemente. Y tú, en lugar de estar en relación con tu cuerpo, estás en guerra con él.

El Dr. Arthur D. Craig, neurocientífico del Barrow Neurological Institute de Phoenix, documentó que la capacidad de percibir el estado interno del cuerpo, la interocepción, es la base de la experiencia emocional y de la capacidad de orientarte. Tú sabes qué necesitas cuando puedes sentir qué te pasa. Pero si tu relación con tu cuerpo está mediada por protocolos externos, por lo que dice un influencer, por lo que marca una app, por lo que recomienda la última tendencia, esa señal interna se apaga progresivamente.

No porque desaparezca. Porque dejas de escucharla. Porque la voz de fuera suena más fuerte, más segura, más científica. Y porque tu sistema nervioso, acostumbrado al eje vertical, prefiere que alguien le diga qué hacer a tener que sentir qué necesita.

La obsesión con el cuerpo que se ve y el olvido del cuerpo que siente

El mundo está obsesionado con tener un cuerpo delgado y musculado en lugar de un cuerpo móvil y vivo. Las tendencias van y vienen con la misma lógica que las modas. Era el yoga, ahora es el pilates, mañana será otra cosa. Tú sigues la corriente, pagas la cuota, abandonas al mes. No porque seas indisciplinado. Porque no era tuyo. Era de fuera.

Cuando el movimiento se elige desde un mandato externo, desde el miedo a envejecer mal, desde la comparación con un cuerpo que ves en una pantalla, tu sistema nervioso lo registra como obligación. Y la obligación activa exactamente el sistema opuesto al que necesitas para que el movimiento te beneficie.

El movimiento que te regula no es el que haces porque te lo dicen. Es el que haces porque lo disfrutas. Porque tu cuerpo lo pide. Porque cuando terminas te sientes más vivo, no más agotado ni más culpable por no haber hecho suficiente.

La trampa de medirlo todo

Mides tu sueño. Mides tus pasos. Mides tu variabilidad cardíaca. Mides tus macros. Y cuanto más mides, más lejos estás de sentir.

La Dra. Kelly Baron, PhD en psicología clínica y directora del programa de medicina conductual del sueño en la Universidad de Utah, acuñó en 2017 el término ortosomnia para describir un fenómeno que estaba viendo con frecuencia creciente en consulta: personas que desarrollaban insomnio por la ansiedad de obtener una puntuación perfecta de sueño en su dispositivo. La tecnología diseñada para mejorar tu sueño estaba produciendo exactamente lo contrario. Los pacientes confiaban más en lo que decía su pulsera que en lo que decía su médico o en cómo se sentían realmente al despertar.

Un estudio publicado en Brain Sciences en 2024 confirmó el patrón: las personas identificadas con ortosomnia presentaban consistentemente puntuaciones de insomnio más altas que las personas sin ese patrón. La ansiedad generada por el rastreo estaba directamente vinculada a un empeoramiento del sueño. Según encuestas de la American Academy of Sleep Medicine, aproximadamente un tercio de los adultos en Estados Unidos utiliza algún dispositivo de seguimiento del sueño, y una parte significativa reconoce que la app les genera más preocupación por su sueño en lugar de menos.

Lo que ocurre con el sueño es un ejemplo de algo más amplio. Rastrear tu cuerpo constantemente es lo opuesto a escucharlo. Cada vez que delegas en un número lo que tu cuerpo ya sabe, refuerzas la desconexión entre lo que sientes y lo que crees que deberías sentir. El dato sustituye a la percepción. La métrica sustituye a la interocepción. Y tú, poco a poco, dejas de confiar en ti para confiar en una pantalla.

Lo que desapareció de la ecuación

En algún punto, el placer desapareció del cuidado. Todo se volvió calculado, medido, rastreado, optimizado. El descanso se mide con una app. La comida se evalúa en macros. El movimiento se contabiliza en pasos.

Y en esa contabilidad permanente se perdió algo que tu sistema nervioso necesita tanto como el oxígeno: la conexión. La conexión con el otro, con el juego, con la alegría de mover el cuerpo sin propósito, con la comida compartida sin culpa, con el descanso que no tiene que justificarse.

El Dr. Stephen Porges, neurocientífico de la Universidad de Indiana, documentó que la regulación del sistema nervioso no es algo que puedas hacer solo. Necesitas al otro. La corregulación, la capacidad de regularte en presencia de alguien seguro, es una función biológica fundamental, no un lujo emocional. Somos seres de conexión. Y un modelo de bienestar centrado exclusivamente en el individuo, en su rutina, en su suplementación, en su rendimiento personal, ignora la base misma de cómo funciona tu fisiología.

No te regulas solo con lo que haces. Te regulas con cómo lo haces, con qué intención y con quién lo compartes.

El circuito de búsqueda que no se detiene

El Dr. Kent Berridge, PhD en psicología y profesor en la Universidad de Michigan, y el Dr. Terry Robinson, PhD y profesor en la misma institución, demostraron que la dopamina no codifica el placer. Codifica el impulso de búsqueda. Puedes seguir buscando el siguiente suplemento, el siguiente método, el siguiente gadget, aunque ninguno de los anteriores haya producido un cambio real en cómo te sientes.

La industria del bienestar está diseñada para mantener activo ese circuito. Siempre hay un producto nuevo, un protocolo actualizado, una tendencia que invalida lo que hacías ayer. Y tú sigues comprando, no porque funcione, sino porque tu sistema de búsqueda necesita la siguiente promesa para calmarse.

Pero la calma no viene de la siguiente compra. Viene de dejar de buscar fuera lo que tu cuerpo ya sabe.

El bienestar como privilegio de clase

Hay algo que rara vez se nombra en esta conversación: todo eso cuesta dinero.

Los suplementos, los gadgets, los dispositivos de seguimiento, los retiros, las consultas con el especialista de moda, los programas online, las suscripciones a apps de meditación, los alimentos orgánicos, las sesiones de crío, los paneles de luz roja. El bienestar, tal como lo presenta la industria, es un producto de lujo. Y si no puedes permitírtelo, el mensaje implícito es doblemente tóxico: no solo no eres suficiente, además no puedes pagar lo que necesitas para serlo.

Eso crea una división de clase dentro del propio discurso de salud. Estar bien se convierte en algo que puedes comprar o no. Y quienes no pueden comprarlo quedan con la sensación de que su cuerpo está en desventaja no por biología, sino por economía.

Pero tu fisiología no necesita lo que cuesta dinero para funcionar. Necesita lo que siempre ha necesitado: luz, movimiento, descanso, alimento, contacto. Nada de eso tiene precio. Todo eso está disponible. Lo que la industria ha conseguido es hacerte creer que no basta. Que lo básico es insuficiente. Que necesitas la versión premium de lo que la naturaleza ya te ofrece gratis.

Y si la solución fuera simplificar

Todo parece tan complejo. Y sin embargo, todo es tan simple.

Exponerte a la luz natural. Mover tu cuerpo con disfrute. Comer cuando tienes hambre. Pasar tiempo con personas que te importan. Estar en contacto con la naturaleza. Descansar sin justificarte.

Nada de eso cuesta dinero. Nada de eso necesita una app. Nada de eso requiere un protocolo. Y todo eso es lo que tu fisiología necesita realmente para funcionar.

El cuidado real no se parece a una lista de tareas. Se parece a una relación. Una relación con tu cuerpo donde escuchas antes de actuar. Donde confías en lo que sientes antes de consultar lo que dice una pantalla. Donde lo que haces nace de una necesidad real tuya, no de un mandato externo que alguien monetiza.

Y sobre todo, no olvidar que tu cuerpo y tus necesidades son únicos. Lo que le funciona a otro no tiene por qué funcionarte a ti. Lo que ves en una pantalla no tiene por qué aplicarse a tu vida. La única autoridad real sobre lo que tú necesitas es la señal que tu cuerpo te envía cuando te detienes el tiempo suficiente para escucharla.

Menos es más. No es un eslogan. Es fisiología.

Fuentes y referencias

Baron, K. G., Abbott, S., Jao, N., Manalo, N. & Mullen, R. (2017). Orthosomnia: Are Some Patients Taking the Quantified Self Too Far? Journal of Clinical Sleep Medicine, 13(2), 351-354. PhD en psicología clínica, Universidad de Utah.

Berridge, K. C. & Robinson, T. E. (1998). What is the role of dopamine in reward. Brain Research Reviews, 28(3), 309-369. PhD en psicología, Universidad de Michigan.

Craig, A. D. (2002). How do you feel? Interoception. Nature Reviews Neuroscience, 3(8), 655-666. Neurocientífico, Barrow Neurological Institute.

Fernandes Prata, M. et al. (2024). Prevalence of Orthosomnia in a General Population Sample. Brain Sciences, 14(11), 1123.

McEwen, B. S. (1998). Protective and damaging effects of stress mediators. New England Journal of Medicine, 338(3), 171-179. Neuroendocrinólogo, Universidad Rockefeller.

Porges, S. W. (2011). The Polyvagal Theory. W. W. Norton. PhD, neurocientífico, Universidad de Indiana.

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