Vivir en alerta: el coste fisiológico de un mundo que ya no se deja verificar

Lo que le ocurre a un sistema nervioso diseñado para emergencias breves cuando la amenaza no termina

Treinta segundos

Abres el móvil por la mañana. En treinta segundos has pasado por un terremoto, una protesta reprimida, una cifra económica inquietante, una imagen de alguien en mitad de una catástrofe y un vídeo del que no sabes si es real. Cierras la aplicación y empiezas tu día. En apariencia, nada te ha ocurrido.

Tu sistema nervioso registra otra cosa.

Lo que llega a consulta desde hace un tiempo tiene una forma reconocible. Personas sin un acontecimiento vital grave que explique su estado, y aun así agotadas, con el sueño roto, con la digestión irregular, con tensión que vuelve a los pocos días de soltarla y con una sensación difusa de estar siempre a punto de algo. Vienen a preguntar qué les pasa. Y buena parte de la respuesta está en el contexto, más que en su biografía.

Tu organismo no distingue la fuente de la amenaza

Stephen Porges (2011), neurocientífico y creador de la teoría polivagal, describió la neurocepción: el sistema nervioso autónomo evalúa de forma continua si el entorno es seguro, y lo hace antes de que intervenga la conciencia. Esa evaluación trabaja con señales. Y las señales de amenaza que llegan por una pantalla activan los mismos circuitos que una amenaza presente.

El cuerpo distingue poco entre un peligro que puedes tocar y uno que solo puedes mirar. En los dos casos moviliza energía, eleva la vigilancia y estrecha la atención. Lo que cambia es la duración. Un peligro real se resuelve en minutos u horas, y después el organismo vuelve a su estado de base. El flujo informativo no se resuelve nunca, porque siempre llega lo siguiente.

La evaluación que ya no se puede cerrar

Queda una capa más, y es la que menos se nombra.

La neurocepción funciona porque puede concluir. Miras, evalúas, decides que estás a salvo, y el sistema baja. Ese cierre es la parte que permite descansar.

Cuando ya no puedes verificar lo que ves, el cierre deja de producirse. Una imagen puede estar fabricada. Una cifra puede estar servida con intención. Un testimonio puede ser una cuenta automatizada. Tu organismo recibe una señal de amenaza y se queda sin poder resolverla en ninguna de las dos direcciones, porque la información necesaria para concluir no está disponible. El resultado es una vigilancia que permanece abierta.

Conviene ser precisa aquí: Porges no escribió sobre esto, y lo que acabo de describir es una lectura clínica, no un hallazgo establecido. Lo que sí está documentado es el terreno adyacente. Carleton (2016) revisó la literatura sobre los miedos fundamentales y propuso que el miedo a lo desconocido podría ser el miedo nuclear que sostiene a los demás. La incertidumbre sostenida tiene coste propio, con independencia del contenido de la amenaza.

Por eso la manipulación a gran escala funciona como un estresor de otro tipo. Actúa sobre la capacidad misma de concluir.

Los datos de este otoño

La Organización Mundial de la Salud actualizó el 15 de septiembre de 2026 su ficha sobre trastornos de ansiedad. Las cifras: 470 millones de personas vivían con un trastorno de ansiedad en 2023, un 5,8% de la población mundial. Y de quienes lo necesitan, alrededor de una de cada cuatro personas recibe algún tratamiento, un 27,6%.

El 10 de octubre, en el Día Mundial de la Salud Mental, la OMS situó en más de mil millones las personas que viven con algún trastorno mental, con la ansiedad y la depresión como los más frecuentes.

El Reuters Institute (2026) encontró en su informe anual, sobre 48 mercados y 97.520 personas, que el 42% evita las noticias a veces o a menudo, frente al 29% de 2017, cuando empezaron a medirlo. La confianza global en las noticias cayó al 37%, la cifra más baja desde 2015. Ese 42% describe algo concreto: mucha gente ya está protegiéndose como puede, apartando la mirada.

Y un dato que me interesa especialmente como osteópata. Gallup (2026), con datos de 2025 recogidos en 140 países, documentó que el 33% de las personas sintió dolor físico durante buena parte del día anterior, frente al 28% de 2015. La tristeza subió del 21% al 26%. El malestar emocional y el dolor corporal llevan una década subiendo juntos.

El coste de sostener la alerta

Bruce McEwen (1998), neuroendocrinólogo de la Universidad Rockefeller, le puso nombre a lo que ocurre después: carga alostática, el coste biológico acumulado de mantener activos durante años sistemas diseñados para funcionar durante horas.

Las consecuencias están descritas con precisión. Cortisol elevado de forma sostenida. Sueño fragmentado. Inflamación de bajo grado. Deterioro de la memoria de trabajo. Menor disponibilidad de corteza prefrontal para pensar con matiz, que es justo lo que haría falta para no reaccionar.

Picard y McEwen (2018) llevaron el análisis un nivel más abajo en su revisión sistemática sobre estrés psicológico y mitocondrias: la activación crónica modifica de forma medible la estructura y la función mitocondrial. La carga alostática se vuelve también energética en el sentido más literal, el de la producción celular de energía.

Lo que un organismo en alerta deja de hacer

Existe una realidad biológica que pocas veces se tiene en cuenta. El organismo no puede priorizar a la vez la supervivencia inmediata y la reparación profunda. Tiene que elegir.

Cuando el sistema nervioso lee seguridad, destina recursos a regenerar tejidos, equilibrar hormonas, sostener el sistema inmunitario y mantener procesos de largo plazo. Cuando lee amenaza, esas funciones pasan a segundo plano. Desde una perspectiva evolutiva tiene toda la lógica: si tu vida está en peligro, reparar puede esperar.

El problema aparece cuando el peligro no termina. Un organismo que lleva años leyendo amenaza mantiene la reparación aplazada de forma indefinida. Eso explica algo que veo repetirse: personas que duermen, comen razonablemente y aun así no terminan de recuperarse.

La coherencia como estado alternativo

Frente a ese estado de alerta existe otro modo de funcionamiento, y tiene correlatos medibles. La variabilidad de la frecuencia cardíaca, uno de los índices mejor validados de regulación autonómica, refleja la capacidad del organismo para adaptarse en lugar de responder siempre igual.

Rollin McCraty (2015) y el HeartMath Institute trabajan sobre lo que denominan coherencia cardíaca: un patrón rítmico ordenado que acompaña a los estados de calma y conexión, y que se puede inducir de forma voluntaria a través de la respiración. Con una precisión honesta: buena parte de esa investigación la produce el propio instituto, aunque la medida de base, la variabilidad cardíaca, está ampliamente validada en la literatura independiente.

Desde la mirada energética con la que trabajo, lo que ocurre ahí es un cambio de organización. Cada célula, cada ritmo cardíaco y cada respiración generan campos eléctricos y biofísicos medibles, y esos patrones informativos condicionan tu percepción y tus respuestas emocionales. Un campo coherente favorece la integración y la reparación. Un campo desorganizado mantiene al organismo en alerta y en repetición.

Cuando tu frecuencia interna se recalibra y tu coherencia fisiológica se restablece, tu organismo deja de interpretar cada señal como una amenaza que exige respuesta inmediata.

Lo que sí está en tus manos

Nada de esto se resuelve cambiando el mundo, que seguirá produciendo catástrofes y manipulaciones. Se trabaja en el único lugar donde tienes margen real, que es la respuesta de tu organismo a lo que llega.

Lo primero, la dosis. Informarte una o dos veces al día, en un momento que elijas, deja intacta tu capacidad de estar al corriente y retira la activación continua. El consumo en bucle rara vez aporta información nueva, y sí mantiene la alarma encendida. Ese 42% del informe de Reuters indica que mucha gente ya lo intuye.

Lo segundo, la respiración. Porges (2011) lo formuló con precisión: las exhalaciones largas activan el ramo ventral del nervio vago, responsable de los estados de calma y conexión social. Un mecanismo neurofisiológico que puedes activar de forma voluntaria, varias veces al día, en dos minutos.

Lo tercero, la interocepción. Arthur Craig (2002), del Barrow Neurological Institute, documentó que la percepción del estado interno del cuerpo es la base de la experiencia emocional. Sin señal interoceptiva clara resulta difícil saber qué sientes, y sin saber qué sientes resulta imposible intervenir a tiempo. Preguntarte tres o cuatro veces al día dónde se nota la tensión entrena esa señal.

Lo cuarto, la presencia de otros. Allan Schore (2003), de la UCLA, documentó que la regulación afectiva se construye en relación. La vía de implicación social que describe Porges funciona a través de la voz, la mirada y el rostro de alguien que está tranquilo. El aislamiento encarece cualquier recuperación, y una conversación presencial regula más que un buen argumento.

Y lo quinto, los ritmos. El sueño, los horarios de comida y la exposición a luz natural sostienen el eje hormonal. Un organismo con los ritmos rotos tiene menos margen para todo lo demás.

La diferencia entre reaccionar y responder

Mientras esa configuración interna siga en vigencia, seguirás reaccionando donde podrías responder. En un contexto como el actual, esa frase cobra otra dimensión.

El sistema nervioso es plástico. Reorganiza sus patrones de activación con experiencias repetidas de seguridad, coherencia y presencia. Lo que se aprendió en alerta puede reaprenderse en otro estado, con tiempo y con repetición.

El mundo seguirá siendo incierto, y una parte de lo que te llega seguirá sin poder verificarse. Tu fisiología tiene margen para dejar de vivirlo como una emergencia continua.

Fuentes y referencias

Carleton, R. N. (2016). *Fear of the unknown: One fear to rule them all?* Journal of Anxiety Disorders, 41, 5-21. PhD, profesor de psicología clínica, Universidad de Regina.

Craig, A. D. (2002). *How do you feel? Interoception: the sense of the physiological condition of the body*. Nature Reviews Neuroscience, 3(8), 655-666. Neurocientífico, Barrow Neurological Institute.

Gallup (2026). *State of the World’s Emotional Health*. Datos de 2025 recogidos en 140 países y áreas.

McCraty, R. (2015). *Science of the Heart, Volume 2*. HeartMath Institute. PhD en psicofisiología.

McEwen, B. S. (1998). *Protective and damaging effects of stress mediators*. New England Journal of Medicine, 338(3), 171-179. Neuroendocrinólogo, Universidad Rockefeller.

Organización Mundial de la Salud (2026). *Anxiety disorders*. Ficha informativa actualizada el 15 de septiembre de 2026.

Picard, M. & McEwen, B. S. (2018). *Psychological stress and mitochondria: A systematic review*. Psychosomatic Medicine, 80(2), 141-153. Psicobiólogo, Universidad de Columbia.

Porges, S. W. (2011). *The Polyvagal Theory: Neurophysiological Foundations of Emotions, Attachment, Communication, and Self-Regulation*. W. W. Norton. Neurocientífico, Universidad de Indiana.

Reuters Institute for the Study of Journalism (2026). *Digital News Report 2026*. Universidad de Oxford. 48 mercados, 97.520 encuestados.

Schore, A. N. (2003). *Affect Regulation and the Repair of the Self*. W. W. Norton. PhD, profesor clínico en el departamento de psiquiatría, UCLA.

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