El baile del apego: por qué cambiamos de papel según con quién estemos

Lo que se organiza entre dos sistemas nerviosos, y no dentro de uno solo

Valérie-Anne O´Callaghan

No eres lo mismo con todo el mundo

Puede que te haya pasado. En una relación fuiste quien perseguía: quien escribía primero, quien pedía claridad, quien no podía soltar el móvil. En la siguiente fuiste quien necesitaba aire, quien posponía la conversación pendiente, quien se sentía invadido sin saber explicar por qué.

La lectura habitual es que una de las dos versiones era la auténtica y la otra una reacción. La lectura precisa es otra: las dos lo eran. El apego se organiza entre dos sistemas nerviosos, y lo que se activa en ti depende también de dónde esté el otro.

Frente a alguien que se retira, casi cualquiera persigue. Frente a alguien que persigue mucho, casi cualquiera necesita espacio. Lo que llamamos tu patrón es tu tendencia por defecto, y esa tendencia se desplaza según con quién.

Un detalle clínico lo remata: mucha gente descubre su lado evitativo solo cuando por fin está con alguien más ansioso que ella. Y descubre su lado ansioso con quien se retira más rápido de lo que se retiraba ella.

Qué se activa en cada uno, en tiempo real

El ciclo de persecución y retirada suele contarse como una dinámica de semanas. En realidad ocurre en segundos, dentro de la misma conversación, y ocurre en el cuerpo antes que en las palabras.

En quien persigue, la neurocepción detecta una señal de distancia. El sistema simpático se activa: el ritmo cardíaco sube, la respiración se vuelve más corta y más alta, la atención se estrecha sobre el rostro del otro buscando confirmación. Aparece una urgencia física de resolverlo ahora. Y esa urgencia produce exactamente lo que más presiona al otro.

En quien se retira ocurre algo que rara vez se ve desde fuera. Gross (1998) documentó que la supresión emocional contiene la emoción sin eliminarla: la activación fisiológica sigue ahí, a veces incluso más alta. Así que el que parece frío está, con frecuencia, tan activado como el que persigue. La diferencia está en la vía de salida. Uno se mueve hacia fuera, el otro hacia dentro.

Eso explica una confusión frecuente. Quien persigue interpreta la calma aparente del otro como indiferencia, y redobla. Quien se retira interpreta la insistencia como invasión, y baja más el volumen. Los dos están respondiendo a una amenaza que el otro no ve.

Por qué se encuentran

Tres mecanismos, y conviene no mezclarlos.

El primero es que lo familiar se lee como seguro. La neurocepción compara lo que llega con lo conocido, y lo conocido produce una sensación de reconocimiento que el cuerpo interpreta como encaje. Alguien previsible puede resultar neutro; alguien que reproduce la dinámica de origen resulta intenso. La intensidad se confunde con la compatibilidad.

El segundo es el refuerzo intermitente. Berridge y Robinson demostraron que la dopamina codifica el impulso de búsqueda antes que el placer, y que ese impulso se dispara con más fuerza cuando la recompensa llega de forma irregular. El circuito se enciende más con lo que no puede predecir, y esa intensidad se confunde con atracción.

El tercero es la confirmación mutua. Cada uno le da al otro exactamente la prueba que su sistema espera encontrar. Tu búsqueda confirma que la cercanía invade. Su retirada confirma que el afecto se va sin aviso. Los dos salen del episodio con su modelo reforzado.

Conviene una cautela. Que las personas ansiosas y evitativas se emparejen más de lo que predice el azar es una idea muy extendida, popularizada sobre todo por Levine y Heller (2010), y su evidencia sigue en discusión. Parte de lo que se observa podría explicarse por selección: las personas seguras resuelven o abandonan estas dinámicas antes, de modo que los pares ansioso-evitativo permanecen disponibles y visibles más tiempo. Lo que sí está bien documentado es lo que ocurre una vez juntos.

Qué mantiene el ciclo vivo

Shaver y Mikulincer (2012) han descrito la dinámica con precisión: cuanta más cercanía busca el ansioso, más se retira el evitativo; cuanto más se retira el evitativo, más se activa el ansioso. Los dos sistemas se refuerzan y ninguno consigue lo que necesita.

Lo que lo sostiene es que cada uno tiene razón desde su posición. La distancia existe, así que la protesta del ansioso responde a algo real. La presión existe, así que la retirada del evitativo responde a algo real. Por eso la discusión sobre quién tiene razón no lleva a ninguna parte: los dos la tienen, y el problema está en el bucle, no en el contenido.

Johnson (2008) lo llama el ciclo negativo, y señala el desplazamiento que cambia la conversación: dejar de tratar el tema del día y empezar a tratar el patrón que los dos alimentan sin proponérselo.

Qué hace cada uno para salir

Salir del ciclo pide movimientos distintos en cada lado, y ninguno funciona si el otro no hace el suyo.

Quien persigue necesita bajar la activación antes de actuar sobre la relación. Nombrar la sensación en el cuerpo antes que la historia que la explica. Alargar la exhalación durante uno o dos minutos. Esperar a que el impulso de escribir o de pedir confirmación baje de intensidad antes de decidir si lo hace. Y después, si sigue haciendo falta, pedir lo que necesita de forma directa.

Quien se retira necesita lo contrario: quedarse un poco más allá del punto donde el sistema pide salir. Registrar el instante exacto de la retirada, qué se dijo y qué se sintió un segundo antes. Sostener treinta segundos más de lo que pide el impulso. Y avisar en lugar de desaparecer: decir que necesita un rato y decir cuándo vuelve. Para quien está al otro lado, la diferencia entre retirarse y avisar es enorme.

Ese aviso es la pieza que más rápido rompe el bucle, porque convierte la retirada en información en vez de en abandono.

Lo que pasa cuando uno de los dos cambia

Queda la parte que casi nadie cuenta. Cuando uno de los dos se vuelve más seguro, el ciclo se rompe, y romperlo desestabiliza la relación antes de mejorarla.

Si quien perseguía deja de perseguir, el otro pierde la señal por la que se orientaba. La ausencia de presión puede vivirse como desinterés y activar, por primera vez, su propio miedo a la pérdida. Si quien se retiraba deja de retirarse y se queda, el otro se encuentra con la cercanía que pedía y descubre que también le incomoda.

Ese periodo es real y conviene anticiparlo, porque muchas parejas lo interpretan como una señal de que el cambio no funciona. Lo que ocurre es más simple: el sistema que los dos habían montado deja de sostenerse, y todavía no hay otro en su lugar.

Y hay un desenlace que también conviene nombrar. A veces uno de los dos se vuelve más seguro y la relación no lo acompaña. Salir de un ciclo no garantiza que el vínculo continúe. Garantiza que el siguiente no se organice igual.

El apego describe una relación, más que una identidad

Reconocerte en un perfil dice algo cierto sobre cómo sueles funcionar, y dice poco sobre quién eres. El apego se mide en dimensiones y no en cajones, cambia con el tiempo y cambia con la persona que tienes delante.

En el seguimiento de Waters y colaboradores (2000), de la infancia a los veinte años, algo más de una cuarta parte del grupo terminó en una clasificación distinta de la que tenía al principio. Fraley (2002) calculó una estabilidad moderada, r = 0,39, compatible con un modelo donde lo temprano deja huella y la experiencia posterior la modifica.

Lo que se aprendió en relación puede reorganizarse en relación. Por eso el trabajo consiste en poder notar la activación mientras ocurre y elegir qué hacer con ella, más que en encontrar a alguien que no active nada.

Fuentes y referencias

Berridge, K. C. y Robinson, T. E. (1998). What is the role of dopamine in reward: hedonic impact, reward learning, or incentive salience? Brain Research Reviews, 28(3), 309-369.

Fraley, R. C. (2002). Attachment stability from infancy to adulthood: meta-analysis and dynamic modeling of developmental mechanisms. Personality and Social Psychology Review, 6(2), 123-151.

Gross, J. J. (1998). The emerging field of emotion regulation: an integrative review. Review of General Psychology, 2(3), 271-299.

Johnson, S. (2008). Hold Me Tight: Seven Conversations for a Lifetime of Love. Little, Brown.

Levine, A. y Heller, R. (2010). Attached: The New Science of Adult Attachment. TarcherPerigee.

Porges, S. W. (2011). The Polyvagal Theory. W. W. Norton.

Shaver, P. R. y Mikulincer, M. (2012). An Attachment Perspective on Human Development. Guilford Press.

Waters, E., Merrick, S., Treboux, D., Crowell, J. y Albersheim, L. (2000). Attachment security in infancy and early adulthood: a twenty-year longitudinal study. Child Development, 71(3), 684-689.

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