Cuando hablamos de estrés, casi siempre pensamos en lo mismo. El trabajo. Las fechas límite. Las responsabilidades. La famosa carga mental. Y sin embargo, desde el punto de vista del cuerpo, el estrés no tiene nada que ver con un contexto concreto. No es una situación. Es una respuesta de adaptación. Walter Cannon, fisiólogo pionero en el estudio de la respuesta de lucha o huida, estableció en 1932 las bases del concepto en The Wisdom of the Body, y Robert Sapolsky, neurobiólogo, lo desarrolló en el contexto del estrés crónico moderno.
Cómo reacciona el organismo ante una exigencia percibida
El estrés es la forma en la que el organismo reacciona cuando percibe una exigencia mayor que sus capacidades del momento. Una amenaza, una presión, una demanda. Y esa demanda no tiene por qué ser psicológica. Puede ser física, biológica, emocional, cognitiva o ambiental.
Para el cuerpo no existe la diferencia entre un estrés moderno y un estrés invisible. Stephen Porges, neurocientífico, lo explica a través de la neurocepción: un proceso neural inconsciente y subcortical que evalúa continuamente la seguridad del entorno sin participación consciente. No evalúa, no interpreta, no juzga. Responde.
El estrés invisible que no siempre se siente
Por eso, muchas veces, el estrés no se siente como estrés. No viene acompañado de nervios ni de ansiedad evidente. Puede instalarse de forma silenciosa, progresiva, casi normalizada. Bruce McEwen, neuroendocrinólogo, lo documentó extensamente: todo aquello que obliga al organismo a gastar energía para mantener el equilibrio es estrés, aunque no lo registres de forma consciente.
Una carencia de magnesio, de hierro, de yodo o de proteínas es estrés. Dormir poco o dormir mal es estrés. Una glucemia inestable es estrés. Una digestión lenta, pesada o incompleta es estrés.
El impacto del entorno moderno en el sistema nervioso
La exposición crónica a la luz artificial por la noche es estrés, porque altera los ritmos circadianos y la producción de melatonina. El ruido constante, las notificaciones, las pantallas encendidas todo el día son estrés para el sistema nervioso. Un entorno pobre en luz natural, en movimiento, en contacto con la naturaleza es estrés. La sedentariedad es estrés. La falta de vínculos humanos seguros es estrés.
Un estrés emocional no expresado sigue siendo estrés. El miedo crónico, la culpa persistente, la presión interior constante también lo son. Las creencias rígidas, la autoexigencia permanente, la sensación de pérdida de sentido actúan como verdaderas cargas fisiológicas. Incluso prácticas consideradas saludables pueden convertirse en estresantes cuando no respetan el terreno.
Las vías biológicas activadas por cualquier forma de estrés
Todo esto tiene algo en común. No importa la forma que adopte el estrés: el cuerpo responde siempre activando las mismas grandes vías biológicas. El sistema nervioso simpático entra en acción. Aumentan el cortisol y la adrenalina. La tiroides se ve implicada. Se movilizan las reservas. El organismo hace lo que sabe hacer para sobrevivir.
McEwen lo describió como carga alostática: el coste acumulativo de la adaptación crónica. El problema no es el estrés puntual. El ser vivo está diseñado para adaptarse. El problema es la acumulación de estresores crónicos, muchas veces silenciosos, muchas veces banalizados, que obligan al cuerpo a compensar sin descanso.
Comprender el estrés más allá de la relajación superficial
Por eso, comprender el estrés no consiste en aprender a relajarse más o en añadir técnicas de desconexión sobre un cuerpo ya saturado. Comprender el estrés implica mirar con honestidad qué aspectos de nuestro modo de vida están forzando constantemente al organismo a compensar, a sostener, a aguantar.
Y muy a menudo, la verdadera fuente del estrés no está donde creemos. No está en lo visible, ni en lo evidente, ni en lo que solemos señalar. Está en lo que el cuerpo lleva demasiado tiempo intentando equilibrar en silencio.
Fuentes y referencias
Cannon, W. B. (1932). The Wisdom of the Body. W. W. Norton. Fisiólogo, Harvard Medical School.
McEwen, B. S. (1998). Protective and damaging effects of stress mediators. New England Journal of Medicine, 338(3), 171-179. Neuroendocrinólogo, Universidad Rockefeller.
McEwen, B. S. (2007). Physiology and Neurobiology of Stress and Adaptation. Physiological Reviews, 87(3), 873-904.
Porges, S. W. (2011). The Polyvagal Theory. W. W. Norton. PhD, neurocientífico, Universidad de Indiana.
Sapolsky, R. M. (1998). Why Stress Is Bad for Your Brain. Science, 273(5276), 749-750. PhD en neurobiología, profesor en la Universidad de Stanford.
Sapolsky, R. M. (2004). Why Zebras Don’t Get Ulcers. Henry Holt.