El cerebro holográfico: la teoría del Dr. Karl H. Pribram sobre una mente que no guarda información donde creíamos (parte1)

Durante casi todo el siglo XX, una pregunta aparentemente inocente persiguió a la neurociencia: dónde se guarda la memoria. Y todavía no está resuelta del todo.

Durante décadas se asumió la respuesta obvia. La memoria se guarda en neuronas específicas. En sinapsis concretas. En lugares localizables del cerebro. Si alguien pudiera mirar dentro de tu cabeza con suficiente precisión, encontraría un rincón donde está almacenada la cara de tu abuela, y otro donde está almacenado tu primer día de colegio.

Esa intuición, por razonable que parezca, se estrelló contra los experimentos.

Y uno de los científicos que más lejos llegó en reformularla se llamaba el Dr. Karl Pribram.

El problema que no se podía resolver

Karl Pribram (1919-2015) era un neurocirujano austriaco-estadounidense con una trayectoria poco habitual. Uno de los primeros trescientos neurocirujanos certificados del mundo, profesor durante décadas en la Universidad de Stanford, co-autor junto al Dr. George A. Miller, PhD, psicólogo cognitivo de la Universidad de Princeton, del libro Plans and the Structure of Behavior (1960), una obra que contribuyó a fundar la psicología cognitiva moderna.

No era un divulgador esotérico. Era un investigador riguroso que pasó setenta años haciéndole al cerebro las preguntas más incómodas.

Su trabajo empezó en los años cuarenta como colaborador de Karl Lashley, otro neurocientífico fundamental. Lashley había pasado décadas intentando localizar lo que él llamaba el engrama: la huella física de la memoria en el cerebro. Entrenaba a ratas a recorrer laberintos, luego extirpaba porciones específicas de su córtex, y medía cuánto recordaban.

El resultado le dejó perplejo. Podía quitar casi cualquier parte del cerebro, en cualquier proporción, y las ratas seguían recordando el laberinto. La memoria no estaba localizada. Estaba, de alguna forma misteriosa, distribuida por todo el cerebro.

Lashley nunca consiguió explicarlo satisfactoriamente. Murió con la pregunta abierta.

Pribram heredó el problema. Y cuando años más tarde, en los años sesenta, se encontró con el trabajo de un físico llamado Dennis Gabor, algo se le ordenó en la cabeza.

La intuición que lo cambió todo

Dennis Gabor, físico húngaro, había inventado matemáticamente el holograma en 1947. Un descubrimiento por el que recibiría el Nobel de Física en 1971.

Un holograma tiene una propiedad que lo diferencia radicalmente de una fotografía. En una fotografía, cada parte del papel contiene solo la información visible en esa zona. Rompe la foto por la mitad y tendrás dos mitades incompletas.

Un holograma funciona al revés. Cada fragmento contiene la información del objeto entero. Corta un holograma por la mitad y tendrás dos hologramas completos, con la imagen del objeto entero. Córtalo en cien pedazos, y cada pedazo conservará la imagen completa, aunque con menos resolución.

La información, en un holograma, no está localizada. Está distribuida en todo el soporte.

Pribram miró esa propiedad y le vino a la cabeza Lashley. Y las ratas. Y la memoria que no se dejaba localizar por mucho que extirparan cortezas.

Si el cerebro funcionara como un holograma, se le ocurrió, todo empezaría a encajar.

La teoría holonómica del cerebro

Esta fue la propuesta central de Pribram, desarrollada junto al físico David Bohm a partir de los años setenta.

El cerebro almacena información no en lugares específicos, sino en patrones de interferencia distribuidos por redes neuronales completas. Cada memoria, cada percepción, cada imagen mental, no vive en un sitio. Vive en un patrón de ondas que atraviesa regiones enteras del tejido cerebral.

Pribram propuso que el mecanismo exacto se encuentra en las finas fibras dendríticas, no en los axones como se había asumido durante décadas. Oscilaciones eléctricas sutiles en la red dendrítica generan patrones de interferencia. Esos patrones se pueden analizar matemáticamente usando una herramienta llamada transformada de Fourier, la misma que se usa para procesar hologramas, señales de radio, y prácticamente cualquier forma de onda compleja.

La transformada de Fourier permite convertir una imagen, un sonido o cualquier patrón en sus frecuencias constitutivas. Y permite reconstruir el original a partir de esas frecuencias. Pribram propuso que el cerebro hace exactamente eso, pero al revés de como creíamos: percibe ondas, las transforma en patrones de interferencia, las almacena distribuidamente, y las reconstruye cuando hace falta.

La llamó teoría holonómica. No holográfica en sentido estricto. La diferencia importa. Pribram nunca dijo que el cerebro fuera literalmente un holograma. Dijo que opera con principios matemáticos análogos, pero a través de múltiples hologramas locales distribuidos en redes neuronales específicas. Patch holography, holografía por parches.

Es un matiz que muchos divulgadores han perdido. Pribram era más preciso que sus intérpretes.

Lo que la teoría permitía explicar

De repente, cosas que la neurociencia clásica no podía explicar empezaban a tener sentido.

Por qué los pacientes con daños cerebrales masivos pueden conservar memorias específicas intactas. Si la memoria está distribuida holográficamente, un daño localizado no la borra. Solo reduce su resolución.

Por qué la capacidad de almacenamiento del cerebro es tan extraordinariamente grande, muy superior a lo que permitiría un modelo de una neurona por recuerdo. Los sistemas holográficos almacenan cantidades inmensas de información en soportes relativamente pequeños.

Por qué la memoria es asociativa. Recordamos por conexiones, por similitudes, por resonancias emocionales. Los hologramas, por su naturaleza, permiten precisamente recuperación asociativa: una parte del patrón activa el todo.

Por qué reconocer una cara que no habíamos visto desde hace años ocurre casi instantáneamente, sin un proceso de búsqueda secuencial. En un sistema holográfico, el reconocimiento es paralelo, no serial.

Por qué las imágenes mentales, los sueños, las visualizaciones, tienen esa cualidad de presencia sin lugar. No están en un sitio. Emergen del patrón.

La colaboración con Bohm: del cerebro holográfico al universo holográfico

David Bohm, físico cuántico británico, había desarrollado una teoría propia que Pribram encontró profundamente compatible con la suya.

Bohm proponía que la realidad tiene dos órdenes. Un orden explicado, que es el que percibimos cotidianamente, con objetos separados en el espacio y el tiempo. Y un orden implicado, una dimensión más profunda en la que toda la información del universo está enfolded, plegada, distribuida de forma no local. El orden explicado sería como la manifestación desplegada de esa información plegada en un nivel anterior.

Bohm llamó a este marco holomovimiento, y propuso que la realidad es fundamentalmente holográfica. Cada región del espacio, correctamente interrogada, contiene información sobre el todo.

Pribram y Bohm se encontraron en los años setenta y empezaron a colaborar. Si Bohm tenía razón y el universo funcionaba holográficamente, y si Pribram tenía razón y el cerebro procesaba información holográficamente, entonces había una correspondencia estructural entre cómo percibimos y cómo está organizada la realidad.

El cerebro holográfico interpreta un universo holográfico. No como metáfora, sino como posible correspondencia real.

Esta idea, ambiciosa hasta el vértigo, inspiró a buena parte de la generación que integró ciencia y consciencia en las décadas siguientes. el periodista y divulgador científico Michael Talbot la divulgó ampliamente en su libro The Holographic Universe (1991). el Dr. Fritjof Capra, PhD en física teórica, la recogió en su trabajo sobre paralelismos entre física moderna y tradiciones místicas.

Pribram mismo fue más cauto en sus afirmaciones. Distinguía entre la teoría holonómica del cerebro (con base experimental sólida) y la extrapolación holográfica del universo (más especulativa). Nunca perdió la precisión del investigador.

Las implicaciones clínicas

Aquí es donde la teoría de Pribram empieza a tocar algo directamente relevante para la práctica clínica contemporánea.

Si la memoria está distribuida holográficamente en redes neuronales, cada fragmento de experiencia corporal puede contener acceso al conjunto. Una tensión muscular específica no es solo una tensión mecánica aislada. Puede ser un punto de entrada a un patrón completo de experiencia que ese cuerpo guarda. Como un pedazo de holograma que, correctamente iluminado, reproduce la imagen entera.

Esto explica algo que los terapeutas somáticos observan todos los días: por qué trabajar un punto concreto del cuerpo puede desencadenar la emergencia de una experiencia emocional, una imagen, un recuerdo, aparentemente sin relación con ese punto anatómico.

No es casualidad. No es sugestión. Es cómo está organizada la información en el sistema.

Si además conectamos esto con lo que hoy sabemos sobre memoria implícita, epigenética, coherencia biofotónica y transmisión fascial, empieza a dibujarse un marco donde la información biográfica, emocional y fisiológica se guarda en el cuerpo entero de forma distribuida. Y donde cualquier punto del sistema, abordado con precisión, puede dar acceso a la información que el sistema sostiene.

El trabajo clínico que entiende esto opera con mucho más recorrido que el trabajo que busca localización y causa en el sentido lineal antiguo. Porque trabaja desde la arquitectura real del sistema, no desde una abstracción que ya no se sostiene.

El estado actual de la teoría

La teoría holonómica de Pribram no es ciencia cerrada. Algunas de sus partes han encontrado apoyo experimental creciente. Otras siguen debátiéndose.

En los últimos años, investigadores han seguido explorando las implicaciones de su propuesta. Papers recientes publicados en revistas como Frontiers in Computational Neuroscience y Neural Networks han revisitado los modelos holográficos de memoria y los han encontrado útiles para explicar fenómenos que las redes neuronales convencionales tienen dificultades con. Especialmente la enorme capacidad de almacenamiento distribuido y la resistencia a daño parcial.

Algunos trabajos conectan la hipótesis de Pribram con la emisión biofotónica cerebral, proponiendo que las ondas electromagnéticas débiles en el cerebro podrían ser el soporte físico de los patrones de interferencia que la teoría requiere.

Otros siguen siendo escépticos. Plantean que la analogía holográfica es sugerente pero difícil de probar directamente. Que los mecanismos propuestos por Pribram a nivel dendrítico no han sido confirmados con toda la precisión necesaria.

Lo cierto es que, cincuenta años después de que formulara su teoría, la neurociencia sigue sin poder descartarla ni confirmarla completamente. Pero cada vez más investigadores reconocen que el modelo simplista de memoria localizada y procesamiento lineal ya no basta.

El cerebro es mucho más parecido a lo que Pribram propuso que a lo que se enseñaba cuando él empezó. Y esa dirección de viaje, en ciencia, cuenta.

Una última cosa

Durante mucho tiempo nos enseñaron a pensar el cerebro como un archivo. Con carpetas. Con cajones. Con lugares específicos donde están guardadas cosas específicas.

Lo que Pribram propuso, con rigor científico y cautela intelectual, es que el cerebro no es un archivo. Es un instrumento de resonancia. Una orquesta de ondas que interfieren, se refuerzan, se cancelan, se reorganizan. Y que desde ese juego de interferencias emerge todo lo que llamamos experiencia, memoria, percepción y consciencia.

Esta imagen cambia cómo trabajas contigo mismo.

Cambia cómo entiendes las huellas que la vida deja en ti. No como archivos estáticos esperando a ser leídos. Como patrones dinámicos que siguen vibrando, y que pueden reorganizarse si las condiciones lo permiten.

Cambia cómo entiendes la sanación. No como borrar datos equivocados de una memoria localizada. Como reorganizar un patrón de resonancia en todo el sistema.

Cambia cómo entiendes tu propio cuerpo. No como máquina. Como instrumento.

Y un instrumento, bien afinado, puede tocar música que no imaginabas.

Fuentes y referencias

Bohm, D. (1980). Wholeness and the Implicate Order. London: Routledge.

Gabor, D. (1946). Theory of communication. Journal of the Institution of Electrical Engineers, 93(26), 429–457.

Lashley, K. S. (1950). In search of the engram. Symposia of the Society for Experimental Biology, 4, 454–482.

Miller, G. A., Galanter, E., & Pribram, K. H. (1960). Plans and the Structure of Behavior. New York: Henry Holt and Co.

Pribram, K. H. (1971). Languages of the Brain: Experimental Paradoxes and Principles in Neuropsychology. Englewood Cliffs, NJ: Prentice-Hall.

Pribram, K. H. (1991). Brain and Perception: Holonomy and Structure in Figural Processing. Hillsdale, NJ: Lawrence Erlbaum Associates.

Pribram, K. H. (2013). The Form Within: My Point of View. Westport, CT: Prospecta Press.

Pribram, K. H., & Meade, S. D. (1999). Conscious awareness: Processing in the synaptodendritic web. New Ideas in Psychology, 17(2), 205–214.

Talbot, M. (1991). The Holographic Universe. New York: HarperCollins.

Vitiello, G., & Freeman, W. J. (2008). Dissipation and spontaneous symmetry breaking in brain dynamics. Journal of Physics A: Mathematical and Theoretical, 41(30), 304042.

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