Osteopatía y sistema nervioso neurodivergente: lo que cambia en la camilla

Valérie-Anne O’Callaghan

Una sesión de trabajo manual pide varias cosas a la vez: entrar en un espacio nuevo, tumbarse en presencia de alguien, permitir el contacto físico, permanecer inmóvil durante un rato largo y confiar en que lo que ocurra será tolerable.

Para un sistema nervioso que procesa la información sensorial con más intensidad y menos filtrado, cada uno de esos puntos merece atención. Ninguno es evidente.

Escribo esto desde dos lugares. Trabajo con las manos desde hace más de una década, y hace poco recibí un diagnóstico de trastorno del espectro autista con altas capacidades. Los dos puntos de vista han cambiado cómo hago las sesiones.

Por qué la camilla es un contexto exigente

Conviene enumerar lo que se pide, porque en la práctica cotidiana se vuelve invisible.

Tumbarse boca arriba deja el cuerpo en la posición de menor control disponible. Cerrar los ojos, que se sugiere con frecuencia, retira una vía de información. La inmovilidad prolongada elimina la posibilidad de regularse con movimiento, que es una de las estrategias más usadas por muchas personas neurodivergentes. Y el contacto físico llega de otra persona, con una presión y un ritmo que quien lo recibe no controla.

Porges (2011) describió la neurocepción: el sistema nervioso evalúa de forma automática y previa a la conciencia si el entorno es seguro. En ese contexto, un organismo con umbrales sensoriales bajos puede registrar señales de amenaza sin que exista ninguna amenaza real, y sin que la persona lo formule como miedo.

El resultado más frecuente no es que alguien se levante y se vaya. Es que se quede quieto, colabore, responda que todo va bien, y salga de la sesión más cansado de lo que entró.

El aviso antes del contacto

Es el cambio más sencillo y el que más diferencia produce.

Decir dónde voy a poner las manos antes de ponerlas. Cada vez, y no solo la primera. Un sistema que anticipa el contacto lo procesa de otra manera que uno al que le llega sin aviso, porque la predicción reduce la magnitud del error de predicción, y con ella la respuesta defensiva.

En la práctica: aviso, pausa breve, contacto. Tres segundos que cambian bastante.

Y lo mismo al retirar las manos. Un contacto que desaparece sin aviso deja al sistema buscando dónde se fue.

La presión y el tipo de contacto

Aquí las diferencias individuales son grandes y conviene preguntar en lugar de suponer.

El contacto profundo y sostenido, con presión firme y predecible, suele tolerarse mejor que el contacto ligero y superficial. Ese es el patrón más frecuente, y la explicación tiene sentido: una presión firme y estable proporciona información clara, mientras que el roce ligero resulta impredecible y activa.

Conviene evitar el contacto intermitente, ese que aparece y desaparece varias veces en el mismo punto. Y conviene mantener la mano quieta unos segundos antes de empezar a trabajar, para que el sistema registre dónde está antes de que empiece a moverse.

Sobre la ropa: trabajar con ella puesta reduce bastante la carga para mucha gente, y modifica poco lo que se puede hacer en la mayoría de los casos. Merece ofrecerse como opción sin que haya que pedirla.

El ritmo

Más lento en el inicio y más pausado en las transiciones.

Cambiar de zona sin transición obliga a reorganizar la atención de golpe. Anunciar el cambio, esperar, y después moverse.

Y dejar tiempo al final. Incorporarse desde la camilla y salir a la calle en dos minutos es una transición brusca. Un par de minutos sentado antes de levantarse, con el propio ritmo, evita bastante desregulación posterior.

Sobre la duración: una sesión más corta y mejor tolerada rinde más que una larga que agota. Cuarenta minutos con buena disponibilidad valen más que sesenta de aguante.

El entorno de la consulta

Lo que casi nunca se revisa, y condiciona todo lo demás.

La luz. Los fluorescentes y la iluminación cenital directa resultan aversivos para mucha gente. Luz cálida, indirecta, con posibilidad de bajarla.

El sonido. El zumbido de un aparato, un reloj, la conversación de la sala de al lado. Merece la pena escuchar la propia consulta en silencio una vez, prestando atención a lo que suena de fondo. Y ofrecer la opción de trabajar con música o sin ella, porque para unos la música ayuda y para otros es un estímulo más que gestionar.

El olor. Aceites esenciales, ambientadores, productos de limpieza. Un aroma agradable para la mayoría puede ser insoportable para alguien con hiperosmia. Trabajar con productos neutros y preguntar antes de usar cualquier aceite.

La temperatura. Una camilla fría es un estímulo intenso. Una manta disponible sin tener que pedirla.

Lo predecible. Que la consulta se parezca a la vez anterior. Los cambios de disposición desorientan más de lo que parece.

La comunicación

Preguntar de forma concreta. «¿Cómo vas?» es una pregunta difícil para quien tiene dificultades interoceptivas o alexitimia. «¿Esta presión te resulta cómoda?» admite respuesta.

Ofrecer opciones cerradas en lugar de abiertas. «¿Prefieres boca arriba o de lado?» funciona mejor que «ponte como estés cómodo».

Explicar antes de hacer. Qué voy a hacer, para qué, cuánto va a durar. La incertidumbre consume recursos.

Y dejar claro desde el principio que se puede parar. Y de verdad, más allá de la fórmula de cortesía: decir basta no tendrá coste y no habrá que justificarlo. Muchas personas neurodivergentes han aprendido a aguantar lo incómodo por complacencia, y sin ese permiso explícito no lo van a usar.

Sobre la mirada y la palabra

Dos detalles menores que agradecen bastante.

No exigir contacto visual durante la conversación previa. Mirar a otro lado mientras se habla puede ser lo que permite pensar con claridad, y no una señal de desinterés.

Y permitir el silencio. Muchas personas neurodivergentes necesitan más tiempo para procesar una pregunta y formular la respuesta. Llenar esa pausa con otra pregunta reinicia el proceso.

Lo que no cambia

Conviene decirlo, porque este tipo de textos puede sonar a que hace falta otra cosa completamente distinta.

Las técnicas son las mismas. La valoración es la misma. Lo que cambia es el envoltorio: el aviso, el ritmo, el entorno, la comunicación. Y ese envoltorio determina si el sistema nervioso de quien está en la camilla puede recibir el trabajo o va a pasar la sesión gestionando la situación.

Un cuerpo en vigilancia no integra bien lo que se le hace. Bajar esa vigilancia no es preparación para el trabajo. Es parte del trabajo.

Una nota sobre la evidencia

Lo que he descrito procede de tres sitios: la literatura sobre procesamiento sensorial e interocepción en autismo, el marco de la teoría polivagal, y mi propia práctica. La primera parte está documentada. La aplicación concreta al trabajo manual no está estudiada de forma sistemática, así que la ofrezco como lo que es: práctica clínica razonada, con base teórica y sin ensayos que la respalden.

Si trabajas con las manos y atiendes a personas neurodivergentes, probablemente hayas llegado por tu cuenta a varias de estas cosas. Ponerlas por escrito les da un lugar.

Fuentes y referencias

Craig, A. D. (2009). How do you feel? Interoception: the sense of the physiological condition of the body. Nature Reviews Neuroscience, 10, 59-70.

Levine, P. (2010). In an Unspoken Voice: How the Body Releases Trauma and Restores Goodness. North Atlantic Books. PhD en psicología médica y biofísica, creador de Somatic Experiencing.

Markram, K. y Markram, H. (2010). The intense world theory: a unifying theory of the neurobiology of autism. Frontiers in Human Neuroscience, 4, 224. École Polytechnique Fédérale de Lausanne.

Ogden, P. (2006). Trauma and the Body: A Sensorimotor Approach to Psychotherapy. W. W. Norton.

Porges, S. W. (2011). The Polyvagal Theory. W. W. Norton. Neurocientífico, Universidad de Indiana.

Schleip, R. (2003). Fascial plasticity: a new neurobiological explanation. Journal of Bodywork and Movement Therapies, 7(1), 11-19. Investigador en fascia, Universidad de Ulm.

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