Valérie-Anne O’Callaghan
El relato habitual sobre el diagnóstico tardío termina en alivio. Por fin una explicación, por fin las piezas encajan, por fin sabes que no estabas rota.
Todo eso ocurre. Y suele haber otra cosa que casi nadie anuncia, que llega poco después y que resulta bastante más incómoda.
Cuando se acaba el alivio
Los primeros días o semanas tienen algo de euforia. Se lee todo lo que cae, se reconocen episodios de la infancia, se entienden reacciones que llevaban décadas sin explicación. Es un periodo intenso y en general bueno.
Y después llega una pregunta con la que hay que quedarse: cuánto tiempo.
Cuánto tiempo exigiéndose lo que no correspondía. Cuántos trabajos abandonados o perdidos por algo que tenía nombre. Cuántas relaciones que se rompieron en un malentendido que ahora se entiende. Cuántos años interpretando el propio agotamiento como falta de carácter.
Esa pregunta abre un duelo. Y como cualquier duelo, no se resuelve razonando.
Qué se está perdiendo exactamente
Merece la pena precisarlo, porque el objeto de este duelo resulta esquivo.
El tiempo. Lo más evidente. Décadas de esfuerzo mal dirigido, de intentar arreglar lo que no era arreglable de esa manera.
Una versión de uno mismo. La persona que creías ser, con sus explicaciones sobre por qué le costaban ciertas cosas, deja de existir tal cual. Aunque la explicación nueva sea más amable, la anterior era la propia.
La expectativa de mejora futura. Muchas personas han vivido años pensando que con más disciplina, más terapia o más madurez la dificultad se resolvería. El diagnóstico cierra esa puerta. Lo que hay es una configuración distinta, y eso implica gestionarla en lugar de superarla.
Las relaciones que ya no se pueden reparar. Las personas que se alejaron sin entender, los vínculos que se rompieron por acumulación de malentendidos.
El enfado
Esta parte casi nunca se nombra en público y aparece en casi todos los procesos.
Enfado con quien no lo vio. Padres, profesores, profesionales que evaluaron y descartaron, parejas que interpretaron como desinterés lo que era otra cosa.
Ese enfado tiene fundamento. Hubo señales, muchas veces evidentes, y no se leyeron. Y a la vez suele convivir con un dato que lo complica: mucha de esa gente hizo lo que pudo con la información que había. Los criterios diagnósticos de hace treinta años no recogían este perfil. La formación de aquellos profesionales no incluía lo que hoy sabemos.
Sostener las dos cosas a la vez, que el daño fue real y que la mayoría no actuó con mala intención, resulta bastante más difícil que quedarse con una sola. Y es donde suele estar el trabajo.
La relectura de la biografía
Después del enfado, o mezclada con él, llega una tarea larga: releer la propia vida con la información nueva.
Recuerdos que se archivaron de una manera se abren de otra. El episodio en el que te quedaste bloqueada y lo interpretaste como cobardía. La amistad que se enfrió sin que entendieras por qué. El colapso después de aquel periodo intenso, que atribuiste a debilidad.
Esa relectura no es solo intelectual. Los recuerdos vienen con su carga corporal, y revisarlos activa el cuerpo. Muchas personas describen este periodo como agotador, y tiene sentido que lo sea.
Conviene ir despacio aquí. Revisar cincuenta años de biografía en tres semanas es una carga que ningún sistema nervioso sostiene bien.
Los duelos de alrededor
También hay duelos que no son propios y afectan.
El de la pareja, que tiene que reordenar su comprensión de la persona con la que vive, y a veces revisar interpretaciones que sostuvo durante años.
El de los padres, cuando siguen vivos. Algunos lo reciben con alivio, otros con culpa, otros con rechazo directo. La reacción defensiva es frecuente y añade dolor a un momento que ya tiene bastante.
El de los hijos, cuando también son neurodivergentes. Ahí aparece una capa particular: entender que lo que se transmitió incluía esto, y a veces la culpa por no haberlo visto antes en ellos.
Qué ayuda
Reconocer que es un duelo. Ponerle ese nombre cambia la expectativa. Nadie espera atravesar un duelo en dos semanas ni resolverlo con optimismo.
No forzar el agradecimiento. El discurso de redes empuja rápido hacia la celebración de la neurodivergencia, y llegar ahí antes de tiempo suele significar saltarse la parte difícil, que después vuelve.
Regular el ritmo de la relectura. Cuando revisar el pasado empieza a producir agotamiento sostenido, conviene parar. El proceso no tiene plazo.
Buscar a quien haya pasado por lo mismo. La literatura sobre bienestar en personas autistas señala de forma consistente el valor del contacto entre pares. En este proceso concreto, hablar con alguien que ha atravesado el mismo duelo ahorra bastante soledad.
Trabajar el cuerpo, y no solo la comprensión. Un duelo se procesa también en lo somático. Movimiento, respiración larga, contacto seguro. La comprensión intelectual del proceso rara vez basta para atravesarlo.
Dónde termina
No termina del todo, y a la vez cambia de forma.
Pasado un tiempo, el enfado baja de intensidad y la relectura deja de ocupar el primer plano. Lo que queda es una relación distinta con la propia historia: los mismos hechos, con otra explicación, y sin el peso de la culpa que llevaban encima.
Y algo que solo aparece después del duelo, y no antes: la posibilidad de organizar la vida a partir de lo que hay, en lugar de a partir de lo que se creía que debería haber.
Eso ya es otra cosa. Y llega, aunque no el primer mes.
Fuentes y referencias
Cage, E., Di Monaco, J. y Newell, V. (2018). Experiences of autism acceptance and mental health in autistic adults. Journal of Autism and Developmental Disorders, 48(2), 473-484.
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Milner, V., et al. (2024). Does camouflaging predict age at autism diagnosis? A comparison of autistic men and women. Autism Research.
Porges, S. W. (2011). The Polyvagal Theory. W. W. Norton. Neurocientífico, Universidad de Indiana.
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