Interocepción y neurodivergencia: cuando el cuerpo avisa tarde

Valérie-Anne O’Callaghan

Algunas personas no saben que tienen hambre hasta que se marean. Que descubren la sed cuando les duele la cabeza. Que no registran el cansancio hasta que se les cierran los ojos a media frase. Que llegan al baño con urgencia porque hasta ese momento no había señal.

Y otras perciben cada latido, cada movimiento del estómago, cada cambio de temperatura, con una intensidad que resulta difícil de ignorar.

Los dos patrones aparecen con frecuencia en población neurodivergente, y a menudo en la misma persona según el momento y el sistema. Para entender por qué, conviene volver a la ínsula.

Cómo se construye la señal interna

La interocepción es la percepción del estado interno del organismo: ritmo cardíaco, respiración, actividad visceral, temperatura, tensión muscular, equilibrio químico. Un flujo continuo de información que asciende hacia el cerebro.

Craig (2009) describió las dos regiones funcionales de la ínsula. La posterior recibe los datos en bruto. La anterior los integra con la memoria, el contexto y las expectativas, y ahí es donde una sensación se convierte en experiencia consciente.

Y ese proceso funciona por predicción. Seth (2013) desarrolló la inferencia interoceptiva: el cerebro genera una hipótesis sobre cuál debería ser el estado del cuerpo antes de recibir la información, y la compara con lo que llega. Barrett (2017) añadió la consecuencia emocional: lo que experimentas como emoción emerge de esa negociación entre lo esperado y lo experimentado.

De ahí una conclusión con bastante alcance: si la señal corporal llega alterada, la emoción que se construye sobre ella también.

Qué encuentra la investigación

Aquí conviene ser preciso, porque este terreno se cuenta mal con frecuencia.

La investigación distingue tres dimensiones que no van juntas. La exactitud interoceptiva mide el rendimiento objetivo en tareas de detección, habitualmente contar latidos. La sensibilidad interoceptiva recoge lo que la persona cree sobre su propia capacidad, mediante cuestionarios. Y la conciencia interoceptivamide la correspondencia entre ambas, es decir, hasta qué punto alguien acierta al juzgar su propia precisión.

Muchos estudios encuentran diferencias en población autista, sobre todo en las medidas de autoinforme. Cuestionarios como el ISQ, validado en población autista adolescente y adulta, recogen dificultades como no identificar señales de hambre, sed, dolor o necesidad de ir al baño hasta que resultan intensas.

Y aparece un problema que conviene conocer.

La hipótesis de la alexitimia

Bird y su grupo plantearon algo que reorganizó buena parte del campo: quizá las diferencias interoceptivas atribuidas al autismo correspondan en realidad a la alexitimia coexistente.

La alexitimia describe dificultades para identificar y describir las propias emociones, distinguir emociones de sensaciones corporales, y un estilo de pensamiento orientado al exterior. No figura como diagnóstico en los manuales, y se estima presente en una proporción alta de personas autistas, bastante mayor que en población general.

Brewer, Cook y Bird (2016) propusieron la alexitimia como un déficit general de interocepción. Y Trevisan y colaboradores (2019) realizaron un metaanálisis en Journal of Abnormal Psychology con un resultado importante: la alexitimia se asocia de forma moderada con la sensibilidad interoceptiva, la medida subjetiva, y no muestra asociación significativa con la exactitud interoceptiva objetiva.

Traducido: lo que se altera con más claridad no es tanto la capacidad de detectar la señal como la relación con ella, la confianza en ella y el uso que se le da.

Esto tiene una implicación práctica considerable. Dos personas autistas pueden tener perfiles interoceptivos opuestos, y la presencia o ausencia de alexitimia explica parte de esa diferencia. Generalizar es un error.

Por qué el cuerpo avisa tarde

Con lo anterior en la mano, el patrón que veo en consulta admite varias explicaciones que se suman.

La señal llega con menos resolución. Cuando la información asciende con poca definición, el sistema predictivo tiene poco material con el que trabajar y solo detecta el cambio cuando la magnitud es grande. De ahí el salto directo de estar bien a estar al límite, sin estados intermedios.

Se compite con el ruido externo. En un entorno sensorialmente exigente, la atención se ocupa en gestionar lo que entra de fuera. Las señales internas quedan en segundo plano por pura competencia de recursos.

Se aprendió a desatender. Muchas personas neurodivergentes pasaron la infancia recibiendo el mensaje de que sus sensaciones eran exageradas: que esa ropa no picaba, que ese ruido no era para tanto, que no podían tener tanta hambre. Desatender la señal propia fue una adaptación razonable, y se automatizó.

El enmascaramiento consume la atención. Quien monitoriza continuamente su presentación social dispone de menos recursos para monitorizar su estado interno. La atención se dirige hacia fuera durante horas.

La consecuencia emocional

Aquí está lo que más consecuencias tiene en la vida diaria.

Si la emoción se construye sobre la lectura del estado corporal, una señal poco definida produce una emoción poco definida. Muchas personas describen exactamente eso: saber que algo va mal sin poder precisar qué, o llegar al llanto o al estallido sin haber notado nada antes.

Y la regulación emocional depende de detectar a tiempo. Regular es más fácil en el 30% de la escala que en el 90%. Quien solo recibe señal a partir del 90% dispone de muy poco margen de maniobra, y desde fuera parece una reacción desproporcionada cuando en realidad es una reacción tardía.

También explica el patrón del agotamiento que llega de golpe. La fatiga se acumuló durante semanas sin producir señales legibles, y cuando el sistema por fin avisa, ya está en reserva.

Qué se puede trabajar

La buena noticia es que la precisión interoceptiva es entrenable. Fermin y colaboradores (2023) encontraron que la atención sostenida sobre las sensaciones corporales mejora la conciencia interoceptiva, con correlatos en las redes de la ínsula.

Y conviene hacerlo con cuidado en este perfil, porque las prácticas genéricas de atención corporal pueden resultar aversivas.

Empezar por lo grande y evidente. Antes que el latido, que es lo más difícil de detectar, señales de mayor amplitud: el peso del cuerpo en la silla, la temperatura de las manos, la profundidad de la respiración.

Describir sin interpretar. Nombrar la sensación física antes de asignarle una emoción. Presión, calor, tensión, vacío. Poner nombre emocional demasiado pronto salta el paso que hay que entrenar.

Usar apoyos externos mientras la señal interna se afina. Alarmas para beber y comer, horarios fijos de descanso, registro escrito del estado a horas concretas. Esto suele leerse como una derrota y funciona como andamio: sostiene mientras se construye lo otro.

Comprobar en momentos neutros. Preguntarse por el estado corporal cuando no pasa nada, tres o cuatro veces al día. Entrenar en calma vuelve la señal más accesible en momentos difíciles.

Respetar el umbral. Si atender al cuerpo produce activación, conviene acortar mucho el ejercicio y anclarse en algo externo a la vez, con los pies en el suelo o una mano en una superficie.

Una precisión final

Todo lo anterior describe patrones, y no reglas. Existen personas autistas con interocepción muy fina, a veces incómodamente fina, que perciben señales que otros ni registran. Y existen perfiles mixtos, con hipersensibilidad en un sistema e hiposensibilidad en otro.

Lo que sí puede afirmarse es que la relación con las señales del cuerpo merece explorarse individualmente, y que asumirla como la habitual conduce a errores tanto en la clínica como en el propio autocuidado.

Cuando alguien dice que no se dio cuenta de que estaba agotado, con frecuencia está describiendo un hecho literal.

Fuentes y referencias

Barrett, L. F. (2017). How Emotions Are Made: The Secret Life of the Brain. Houghton Mifflin Harcourt. Catedrática de Psicología, Northeastern University.

Brewer, R., Cook, R. y Bird, G. (2016). Alexithymia: a general deficit of interoception. Royal Society Open Science, 3(10), 150664.

Craig, A. D. (2009). How do you feel? Interoception: the sense of the physiological condition of the body. Nature Reviews Neuroscience, 10, 59-70. Neuroanatomista, referente en el estudio de la ínsula.

Fermin, A. S. R., et al. (2023). Insula neuroanatomical networks predict interoceptive awareness. Heliyon, 9(8), e18307.

Garfinkel, S. N., et al. (2015). Knowing your own heart: distinguishing interoceptive accuracy from interoceptive awareness. Biological Psychology, 104, 65-74. Universidad de Sussex.

Seth, A. K. (2013). Interoceptive inference, emotion and the embodied self. Trends in Cognitive Sciences, 17(11), 565-573. Neurocientífico cognitivo, Universidad de Sussex.

Trevisan, D. A., et al. (2019). A meta-analysis on the relationship between interoceptive awareness and alexithymia: distinguishing interoceptive accuracy and sensibility. Journal of Abnormal Psychology, 128(8), 765-776. Universidad de Yale.

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